Salta, la linda

Hoy lo invitamos a acompañarnos en un viaje
que iniciamos a través de un fascinante paisaje por el noroeste
argentino. Salta es una provincia que envuelve a otra, la de
Jujuy, y hace frontera internacional con Chile, Bolivia y
Paraguay.
La historia argentina se ha enriquecido con numerosos episodios
acaecidos entre la puna y la selva, sobre todo en tiempos de
lucha por la independencia. Sería bueno entrar a Salta con un
ejemplar de la "Guerra Gaucha" de Leopoldo Lugones,
para entender mejor el espíritu de esta tierra y sus gentes.
Su personaje principal, que da unión a los cuentos, es el
general de los gauchos Don Martín Miguel de Güemes. Güemes
(1785/1821), orgullo de Salta, fue un guerrero nato que
convirtió en guerrilleros a todos sus paisanos. Su acción
permitió al general San Martín intentar el cruce de los Andes,
participando de las glorias del Libertador.
Gaucho de apostura romántica, de abundante barba y melena y
luciendo siempre su poncho, es el héroe que, para los salteños,
eclipsa a los de la nación entera.
Entramos a la provincia por el lado de Cafayate (del cacán:
sepultura de las penas) fundada en 1840 en la unión de los
valles Santa María y Calchaquí y de la Quebrada de las Conchas.
Con este marco montañoso de los cerros Tres Cruces y Morales,
flanqueada por ríos y circunscrita por un cinturón de viñedos
cuidados con primor, se halla la pequeña población de Cafayate.
Antes de comer puede uno escapar del sol de fuego, buscando
refugio en las sombras de una de las numerosas bodegas. La
explicación de los procesos resulta interesante, y la visita
termina con una cata para ir preparando el paladar para la
comida. El vino característico de esta tierra es el torrontés,
un delicioso blanco afrutado cuyas cepas originarias fueron
introducidas por los jesuitas en el siglo XVII.
Saliendo del entorno del vino, nos dirigimos a la plaza del
pueblo, plaza amplia y florida que veremos bajo dos aspectos
absolutamente diferentes. A la hora del almuerzo, el tiempo
parece haberse detenido, sólo algún viajero entra o sale de
alguno de los restaurantes que la rodean y que sirven comida
regional. No hay prisa. La penumbra del restaurante es reparadora
y su comida abundante y sabrosa.
Después de comer, se impone una siesta en la habitación de
alguno de los hoteles o confortables hosterías. En Cafayate,
"donde vive el sol", el calor domina a casi dos mil
metros de altura.
Por la tarde se puede recorrer el pueblo, calles bien trazadas y
casas de una planta de estilo colonial con algunos detalles
barrocos, y curiosamente podemos encontrar que los negocios
están abiertos pero no hay nadie que los atienda. Luego de
intentar infructuosamente encontrar algún lugareño a quien
preguntar, descubrimos la segunda visión de la plaza céntrica.
Las puertas de la iglesia parroquial pintada de fuerte color
ocre, se abren y comienza a salir el pueblo entero que había
asistido a la misa de la tarde, y los negocios recobran su vida y
sus habitantes. Y lo que es más c
urioso,
la mayor parte de la gente comienza a pasear por la plaza,
algunos hacia la derecha y otros hacia la izquierda en un
movimiento circular en el que se cruzan y se saludan
deteniéndose y conversando por momentos en un interesante
intercambio social que en el habla popular se conoce como
"la vuelta del perro".
Por la ruta nacional 40, un angosto camino de
ripio y arena, llegamos a un antiguo pueblo de típica
edificación, que parece una prolongación de la época de la
colonia. Se trata de San Carlos. En el mismo lugar los españoles
fundaron, desde 1551 hasta 1630, varias ciudades que fueron
destruidas por los indios. Finalmente los jesuitas establecieron
la Misión de San Carlos, donde actualmente podemos apreciar la
iglesia de San Carlos de Borromeo de interés por su decoración
indígena.
La agricultura en esta zona se desarrolla sobre la base de los
cultivos autóctonos americanos como la papa (patata), el maíz,
el ají (pimiento), el zapallo (calabaza) y los porotos
(alubias), y se utiliza un sistema de riego por medio de acequias
y por el método de compuertas posibilitando así el riego de las
diferentes parcelas en días prefijados de la semana.
El camino se introduce en medio de una belleza increíble, sobre
todo al atardecer. Se trata de areniscas pardo-rojizas que
sedimentaron antes de que los Andes existieran y fueron
trabajadas por la erosión. Como
esculpidas por el cincel de un dios loco y picapedrero, se van
sucediendo masas de colores entre los que manda el rojo sangre.
La vista se cansa de interpretar tanto capricho, y aparecen
formas concretas: "el Fraile", "el Obelisco",
"los Castillos", "la Cara del Indio",
"la Garganta del Diablo", "el Anfiteatro". En
el "Anfiteatro" cabe una orquesta con su público, y
tiene condiciones sonoras especiales, es una cavidad cilíndrica
abierta por una angostura en la pared y por el techo. En el
claroscuro de su interior, elevando la vista un centenar de
metros, se va midiendo en miles de años la eternidad de capas
sucesivas de la piedra.
Seguimos viaje hacia el norte y comenzamos a ver los valles
tapizados de rojo, son las plantaciones de pimiento, cultivo que
nos anuncia la proximidad de Cachi, uno de los pueblos más
importantes en la producción del mismo. Cachi (del quichua
"calchi" que significa secadero de panochas de maíz),
se encuentra a 2280
metros de
altitud y es un pueblo que habitaban los indios chicuanas antes
de la dominación hispánica.
Apacible y tradicional, conserva viejas casonas del tiempo de la
colonia asentadas sobre el borde de calles estrechas, que emergen
desde un fondo luminoso de plantíos y sembrados en un marco de
serranías. El clima de Cachi es privilegiado y podemos apreciar
muy bonitos paisajes bajo el marco imponente del Nevado de Cachi,
una montaña de 6389 metros de altitud.
Por la ruta provincial 33 seguimos viaje hacia la capital de la
provincia, recorriendo la Recta de Tintin de 11 km. de longitud
que coincide con un camino incaico, y la Cuesta del Obispo,
desnivel de 1200 metros que acompaña el curso del río Escoipe.
La ciudad de Salta tiene bastante menos población que la de
Tucumán (373.857 habitantes según el censo de 1992) y fue
fundada por Hernando de Lerma en 1582.
"Salta la linda" como gustan llamarla sus habitantes,
es una redundancia porque "salta" proviene de
"sagta" que en aymara quiere decir: muy bonito. Esta
capital de provincia ha sido respetuosa con lo bueno de lo viejo,
y así conserva casas de los siglos pasados, sólidas y con
balcones de madera filigranada o de hierro forjado.
En Salta, ya cerca del Trópico y a 1200 m. de altura, hay una
bonanza de clima que invita a pasear. La vida de la ciudad
gravita en torno de la plaza 9 de Julio, los edificios de mayor
interés pueden verse en una breve recorrida que parte de la
plaza y tiene por eje la calle Caseros. El Cabildo tiene una
fachada asimétrica pues la parte baja fue edificada en 1780 y la
planta alta y la torre fueron agregadas en 1807. Dentro del
edificio funciona un museo histórico. También del siglo XVIII
es la iglesia de San Francisco, la torre y la fachada son obra
del franciscano Luis Georgi.
A 200 metros se halla el conjunto de la iglesia y convento de San
Bernardo, la más antigua de las construcciones religiosas de
Salta. Su portal tallado es una joya del arte colonial salteño.
Si desea hacer alguna compra, vale la pena acercarse al Mercado
Artesanal instalado en una vieja casona del siglo XVIII. Allí
encontrará tejidos, alfombras y tapices hechos a mano en telares
tradicionales, además de tallas de madera y alfarería.
Los hoteles son muy confortables tanto en la ciudad: Hotel Salta
(Buenos Aires 1), Hotel Portezuelo (Av.Turística 1), como en el
cerro San Bernardo: Crillón (Ituzaingó 30) y Hostería ACA de
estilo colonial.
Y para comer, restaurantes como La Posta (España 476), Las
Leñas (Caseros 444) y los bares de la recova donde por muy poco
precio podrá probar unas deliciosas empanadas. En Salta son muy
concurridas las peñas folklóricas y sería conveniente reservar
alguna noche para ir a disfrutar del espectáculo mientras se
come una comida regional, para ello les recomendamos las más
tradicionales: Valderrama (San Martín 1126) y la Peña Gauchos
de Güemes (Uruguay 750).
Una de las excursiones que podemos realizar desde Salta es la del
Embalse de Cabra Corral, principal centro de pesca y deportes
náuticos, cuenta además con una planta de generación de
energía. Y la excursión más interesante es la del llamado
"Tren a las nubes".
Este tren funciona entre
abril y noviembre (es aconsejable hacer las reservas con
antelación en las oficinas de Ferrocarriles Argentinos de la
Capital Federal), y entre ida y vuelta hace un recorrido de 438
km. en un viaje que dura casi 13 horas.
El tren parte de noche, confundidos los turistas cazadores de
sensaciones nuevas y los indios que llevan provisiones de la
capital. Amanece sobre el valle de Lerma, planicie cultivada de
plantas verdes de hoja grande de tabaco. Luego se atraviesa la
Quebrada del Toro por la que discurren un río torrentoso, la
vía del tren y la carretera. Las montañas son de color terroso
rojizo y sus laderas están cubiertas de cardones.
Estos cactus con tamaño de árbol tienen una vida de siglos, no
empiezan a florecer hasta los cuarenta años y su fruto la
"pasacana" es comestible. Debajo del tronco y de los
brazos carnosos que se elevan hacia el cielo, se oculta una
estructura de madera empleada primero por los indios para hacer
techos y puertas y luego por los misioneros para la construcción
de sus iglesias, muebles y tallas religiosas.
Cuentan las leyendas que el General Güemes ganó una batalla
contra los españoles vistiendo un
centenar de estos cardones con ponchos y haciéndoles
creer que estaban frente a un numeroso ejército. La subida del
tren continúa y para ganar altura hace un extraño zigzag que
forma parte de las originalidades diseñadas por el ingeniero
Maury: entra en una vía muerta, para, va hacia atrás entrando
en otra vía, se detiene, vuelve a seguir esta vez hacia
adelante, etc. A los zigzag se unen los túneles, los viaductos y
los rulos en los que el tren pasa sobre una loma de tierra que
cruza por encima de la misma vía. Un prodigio de ingeniería.
Pasada la estación de Chorrillos, la quebrada da paso al valle
de escasos pastos, con algún rancho de adobe, cabras que roen
matas secas, burros, llamas y algún caballo peludo. Un poco más
lejos se elevan las montañas en cambios del ocre al gris, y de
este al rosa, contra el cielo límpido. Se superan los 3000 m. y
alrededor del tren todo es desierto y pedregal.
En San Antonio de los Cobres el tren para y realiza una maniobra
para colocar la máquina detrás del convoy y
de esa forma llegar al próximo
destino empujando en lugar de tirar. Ese tiempo alcanza para
bajar y conversar con los kollas de piel cobre oscuro que se
acercan a ofrecer sus artesanías.
El consejo contra el "apunamiento", que se siente como
un ahogo y que produce un extraño mareo, es que todos los
movimientos se hagan como en cámara lenta, muy despacio y
respirando hondo, y que no se desdeñe el ofrecimiento de mascar
"coca". Los indios tienen bastante más experiencia que
nosotros en sobrevivir a esas latitudes.
Con el sol cayendo a plomo, el calor se hace sentir y nos
recuerda las diferencias extremas de temperatura en la puna,
donde por la noche el frío es terrible. El tren sigue camino en
su trayecto final hasta el notable viaducto de La Polvorilla (224
m. de largo y 63 m. de alto), cruzando la estructura metálica en
toda su extensión en un viaje de ida y vuelta, esta vez con la
locomotora tirando del convoy. Allí, a 4200 m. de altura vuelven
a aparecer los kollas, no se sabe muy bien de dónde, para vender
su mercancía. El viaje de vuelta parece más corto, cansados el
cuerpo y la vista de tanta inmensidad.
De todas las del noroeste, la provincia de Salta es la que más
variaciones presenta, del límite andino al chaqueño. Hijos de
los mismos indígenas son los labradores de hoy que viven a lo
"kolla" y los pastores que viven a lo
"gaucho". Unos tendrán menos y otros más de herencia
biológica de los españoles, aquellos mascan la coca y los
llaneros se pasan el mate de mano en mano, pero de todos son los
cardones y la manera de construir ranchos de paredes anchas de
adobe, techo de caña y adobe, galería frontal y horno donde
cocinar el pan, y el culto de la Pachamama (la madre tierra) que
unos adoran abiertamente y otros llevan instintivamente en su
interior.
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