El 13 de marzo de 1877 un grupo de trece vascos
de las cuatro provincias vascas peninsulares fundó en Buenos
Aires un centro al que llamaron Laurak Bat.
Cobijo de tantos vascos que llegaron a tierras argentinas, el centro ha sido desde aquel día lugar de encuentro de emigrantes, difusor del juego de pelota desde la primer Plaza Euskara que se construyó frente a la sede, sede de festejos de fiestas tanto vascas como argentinas, promotor de la cultura con la creación de publicaciones y de la editorial Ekin con Irujo al frente y sobre todo, casa donde tuvimos la oportunidad de desarrollar actividades como el canto, el baile, el teatro y el aprendizaje del euskera.
En 1939 mi abuelo, Venancio Aristeguieta, llegó con mi tío Paco a tierras argentinas, luego de un larguísimo periplo en el famoso barco Alsina (por lo menos famoso en aquella época, porque hoy parece haberse olvidado esa parte de la historia, pero eso será tema de otra charla). Y por supuesto, el primer lugar de encuentro con los buenos amigos fue el Laurak Bat, el cual había engrosado poderosamente sus filas con los exiliados de la guerra incivil.
Eran tiempos en que se funda el grupo de danzas Saski Naski, en el cual participó el inquieto Paquito y tiempos de largas tertulias en las que se compartía la tristeza por estar lejos de la tierra y de la familia, con las esperanzas de poder volver un día no muy lejano.
Desde Francia llegaron a Buenos Aires mi abuela y mi madre, luego lo hizo mi padre y el 20 de noviembre de 1948 formalizaron su unión casándose y fundando una hermosa familia.
La tertulia en el saloncito del segundo piso
del Laurak Bat era sagrada en aquella época. Un café, una copa,
un puro y la partida de mus que generaba tanto risas como
discusiones furibundas por un órdago mal pegado. Así conocí yo
el centro, siendo una niña de la mano de mi abuelo.
Solía meterme en el bar para poder mirar la copa del retoño del árbol de Gernika que se perdía allí en lo alto, cerca del cielo. Mi diversión preferida era bajar la gran escalera principal sentada, escalón por escalón, desde lo más alto del edificio hasta la planta baja. Supongo que a mi manera, contribuía a dar brillo a la hermosa escalera.
Un día, cansada de esperar que mi abuelo terminara la charla con los amigos, me senté debajo de la mesa y me quedé dormida. Recuerdo que desperté con la voz de los altavoces que pedían a los socios a ver si habían visto a una niña que se había perdido. No sé por qué cuando me asomé desde abajo de los faldones de la mesa, se armó tanto alboroto. Aún me parece ver la cara de mi abuelo, muy contento y enfadado al mismo tiempo.
La gran fiesta del año, a la que asistíamos todos muy elegantes, era San Ignacio el 31 de julio con misa mayor en la iglesia de Montserrat, bailes típicos en el trinquete y gran banquete en el salón del primer piso. Pero además los donostiarras solían reunirse el 20 de enero para festejar a San Sebastián y un año a mi abuelo se le ocurrió hacer una tamborrada.
Allí trabajamos todos para preparar los gorros, los uniformes, los barriles con los que atronábamos al vecindario, delantales, correajes. La casa de la avenida Garay se convirtió en un taller de costura y de utilería, los ensayos en el Laurak Bat se tomaban como cosa sagrada y finalmente llegó el día de la comida. Todo salió a la perfección, los redobles sonaron al unísono y mi abuelo, en su papel de tambor mayor, estuvo impagable. Por una vez, emuló a su hermano que en su añorada Donosti, salía año tras año con la Sociedad Gastelubide.
Ese día todos disfrutamos de lo lindo y mi abuela recibió, por parte del Laurak Bat, el ramo de flores más hermoso de su vida.
El tiempo fue pasando, mis abuelos partieron a surcar otros caminos y yo dejé de frecuentar el centro.
Un día, ya con veintitantos años, se me ocurrió que siendo vasca, era una verguenza no saber hablar euskera, la lengua de mis antepesados y ¿dónde podía aprenderlo mejor que en el viejo Laurak Bat?
Así
que me apunté a los cursos que en su día había iniciado Don
López Mendizabal y allí conocí a gente como Alfredo,
Magdalena, Carmen, Susana o Silvina
a profesores como Aranoa y Aguirre, quienes aportando
algo de saber y mucho de entusiasmo, lograron hacernos aprender
algunas palabras y estructuras gramaticales.
Cuando llegó fin de año, Aranoa nos propuso
unos versos en euskera para que leyéramos en un acto de fin de
curso y a nosotros se nos ocurrió, ni cortos ni perezosos, que
sería más divertido si representáramos alguna escena de una
obra de teatro. Así nacieron las representaciones de teatro en
Euskaltzaleak, unas representaciones que se realizaban los días
3 de diciembre conmemorando el Euskeraren eguna (Día del
euskera), que eran en euskera por un grupo de personas qu
e no sabíamos hablar en
euskera, para un público que en su inmensa mayoría no entendía
el euskera, pero con la intención de mantener la lengua viva tan
lejos de Euskalerría.
Y lo más gracioso era que año tras año, cada
vez teníamos más público. Claro que cada año íbamos
perfeccionando nuestras representaciones, incorporamos algunos
bailarines del grupo de danzas, luego se nos unió Kurt como
escenógrafo y los colores inundaron el pequeño escenario del
centro.
El año que representamos una obra cuya escena
se desarrollaba en una cueva y donde hacían su aparición curas,
militares, seres mitológicos como el basajaun y hasta el propio
diablo, la bañera de nuestro piso se llenó de metros y metros
de gasa que teñimos para crear la cueva. Para pintar el castillo
y la plaza de la obra "Justizia txistularia" tuvimos
que sacar los muebles del salón al balcón y desplegar los
decora
dos en el piso
para pintarlos. Y cuando le tocó el turno a la
"Cenicienta", la araña del palacio del príncipe nos
hizo sudar la gota gorda.
¡Cómo me hubiera gustado que mi abuelo nos hubiera visto disfrutando de su Laurak Bat!
El lenguado al roquefort de los sábados a la noche en el txoko de la planta baja, las canciones que brotaban de las gargantas después de templarlas con buen vino, las partidas de mus, las charlas con Nico Iguain cuando nacía la Eusko Kultur Etchea, los coros con el profesor de canto Tino, la decoración del escaparate con la navidad euskalduna, las risas, la buena amistad.
Por tantos momentos disfrutados entre tus paredes y porque sigas acogiendo con amor a todos quienes se acerquen a tu sede de la avenida Belgrano.
Zorionak nere Laurak Bat maitea!!
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