Para los
adoradores del sol no hay obstáculos. Y aunque pasar el verano
en Buenos Aires suele ser una desagradable experiencia (calores
de 40º a los que se agrega un alto índice de humedad no dejan
respirar durante los días ni dormir por las noches) experiencia
que muchos no le desearían ni a su peor enemigo, hay quienes
prefieren asarse a fuego lento, aunque sea en un entorno de
cemento, que mostrar su piel blanca a las bromas de amigos y
compañeros.
Para los que esperan ansiosos la hora de partida hacia el
paraíso terrenal elegido, para quienes ya han agotado sus días
de felicidad y deben esperar con toda la paciencia del mundo las
mini-vacaciones de Semana Santa, y para los muchos que, milagro
económico mediante, no pueden alejarse de la vereda (acera) de
su casa, las piletas (piscinas) privadas y las plazas públicas
son los escenarios del verano porteño.
Y si hablamos de las plazas, es porque cada verano se incrementa
el número de hombres y mujeres que se inventan su propio
solarium particular en cualquier metro cuadrado que les permita
acceder a los rayos del sol sin pagar una entrada.
Una de las plazas más utilizadas por estos veraneantes de ciudad
es la Plaza Las Heras, en la antigua Penitenciaría.
La mayoría son gente joven que viven en los edificios cercanos y
que prefieren tomar sol en el césped de la plaza que en las
terrazas o balcones de sus casas. 
Y si bien reconocen que el bronceado que se puede lograr en la
plaza es muy diferente del que se consigue junto al mar, el
ambiente y la posibilidad de charlar un rato mientras se
comparten bronceadores con diferente grado de protección, sprays
de agua mineral para humectar la piel, pantallas solares o
protectores, les atrae.
En la plaza hay diferentes sectores. En la zona cercana a la
Avenida Las Heras se reúnen los que son un poco mayores o
quieren disfrutar de más tranquilidad. Se ven muchas mallas
enterizas y conjuntos de top y bermudas de lycra, gente haciendo
gimnasia o tomando un refresco.
En la zona opuesta de la plaza, los más jóvenes se dan cita con
sus equipos de música que suelen poner a todo volumen, se ven
chicas tomando sol con corpiños de lencería y muchachos
luciendo músculos y mallas tipo slip o directamente slips de
cintura alta con elástico ancho, las muy jovencitas prefieren el
cola-less (bikini que deja las nalgas al descubierto), y
cualquier día un conductor de las calles cercanas puede sufrir
un soponcio con las niñas casi desnudas que lánguidamente se
tienden en el pastito de la plaza. 
Otro de los pequeños oasis veraniegos en plena ciudad está
formado por las plazoletas que se suceden a lo largo de la
Costanera Sur.
Algunos llegan en bicicleta, otros en moto o en auto, y algunos
oficinistas se hacen su escapada del mediodía.
El ambiente aquí es más familiar y aunque se ven bikinis y
algún cola-less, lo más habitual son mallas enterizas, gorritos
con visera y mujeres que disfrutan del sol tumbadas en reposeras
con niños que corren, juegan a la pelota o andan en bicicleta en
alegre libertad.
El Parque Centenario, sobre la Avenida Patricias Argentinas, es
otro de los balnearios urbanos preferidos.
Allí se reúnen verano e invierno un grupo de personas que se
conocieron tomando sol o leyendo un libro en las tardes
estivales. Como siempre eran los mismos, se fueron haciendo
amigos y ahora tienen fundado un club al que han dado en llamar
"Club del Sol". Toman el sol juntos, charlan, comparten
lecturas y chimentos, festejan los cumpleaños y hasta ha nacido
algún romance que otro. 
La otra variante de adorar el sol, son las piletas privadas.
Permiten pasar de manera más agradable las tórridas tardes
porteñas y sobre todo los días de fin de semana, ya que al
tener que pagar entrada, se prefiere disfrutar de todo el día y
hacer uso exhaustivo de las instalaciones.
Algunas están tan cercanas como las de Parque Sarmiento en
Balbín y General Paz, o las del Parque Roca al que se puede
llegar en el Premetro, las de la Costanera Norte: Parque Norte,
frente a la Ciudad Universitaria y Punta Carrasco, otras un poco
más alejadas como las del Camino de Cintura y algunas hasta con
agua salada, como Namuncurá, La Salada o Villa Albertina.
En general son lugares de difícil acceso para quienes no cuentan
con vehículo propio, así que el ambiente suele ser familiar o
de grupos de amigos.
En estos lugares se ofrece además del sol y el agua de las
piletas, vestuarios, sanitarios, música ambiental, deportes
(tenis, paddle, fútbol, volley) o clases de gimnasia o aeróbics
y otros servicios como el alquiler de reposeras.
El ir a la pileta, requiere un desembolso constituido no sólo
por la entrada, hay que contar que el pasar el día entero
implica también un gasto en comida y bebidas.
En todos estos sitios ofrecen bares y restaurantes, y en algunos
de ellos está expresamente prohibido entrar con alimentos de
fuera, aunque los mates y las facturas siempre pasan.
En algunas hay parrillas y entonces el asadito inunda con su
aroma las mesas vecinas.
La moda en las piletas suele ser muy parecida a la de las playas,
y aquí si que se ven ojotas, pañuelos en la cabeza o capelinas
y anteojos de sol último modelo, además de los consabidos
productos bronceadores, de los cuales la "crema de
ordeñe" fue la gran novedad de hace unos veranos.
Otra de las alternativas urbanas para pasar el verano son los
balnearios del río.
Aquellos que de chicos
visitábamos con nuestros padres y disfrutábamos del asado o
comida de fin de semana con la barra de amigos.
Se llevaban las mesas, sillas, uno llevaba milanesas, otro las
empanadas, los huevos duros o la pascualina con lo que se armaba
la comilona, pelotas para que los chicos los dejáramos escuchar
el partido de la sobremesa en paz, o que dejáramos dormir la
siesta al abuelo en su reposera. Y el día pasaba feliz entre
chapuzones en el río, risas y partidos de cartas.
Con el tiempo los balnearios se convirtieron en basurales y el
río marrón
y tibio en un
espantoso curso de aguas contaminadas.
Desde hace algún tiempo, la Costanera Norte se está recuperando
y han llegado empresarios visionarios que dan importancia a la
enorme necesidad del porteño de asomarse al río.
Los fines de semana familiares y placenteros con su culto al
"dolce far niente" quedaron atrás y hasta aquí ha
llegado la moda de practicar deportes y el culto de la juventud y
el cuerpo.
El, en su tiempo, famosísimo balneario El Molino vuelve a estar
de moda.
Una sencilla casa de madera, un estacionamiento para coches, una
guardería para tablas de windsurf y kayacs y una playa privada
reciben cada sábado o domingo unas 150 personas ávidas de
practicar deportes. Se conocen todos y entre ellos se organizan
grupos para salir a correr o andar en bicicleta.
Trajes de neoprene en colores flúo, anteojos negros, teléfonos
celulares y promotoras que venden cremas anticelulíticas y
pócimas adelgazantes, la fauna urbana que disfruta el río es
diferente de la de antaño.
Con temperaturas tan elevadas, el asfalto que se derrite a los
pies de los sufridos peatones, coches convertidos en baños sauna
y cortes intempestivos de agua, el porteño es capaz de convertir
una plaza en un solarium y una pileta o un balneario en un oasis
en medio del desierto de cemento.
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