
El Chajá es un ave zancuda de nuestro país.
Su cuerpo de regular tamaño, está recubierto por plumas de
color gris plomizo.
En su cuello una línea de
plumas negras forma un collar, y dos manchas blancas se destacan
en el dorso.
Sus alas están provistas de espolones, y luce un copete en la
nuca.
Habita en el norte y el noreste de nuestro país, hasta el sur de
La Pampa y de la provincia de Buenos Aires, generalmente en
lugares húmedos, pantanosos o en las orillas de ríos o arroyos.
Entra al agua, pero no sabe nadar.
Sólo se los caza vivos y en pareja, porque de lo contrario el
animalito se deja morir al ser separado de su compañero.
Es tal el cariño que se profesan entre sí los que forman cada
pareja, que si uno se enferma, el otro no se aparta de su lado y
trata de auxiliarlo en todo momento con mucho cariño. Si llega a
morir, no es extraño que al poco tiempo muera el otro también,
de tristeza.
Construyen el nido ayudándose los dos, y cuando llega el momento
de empollar, lo hacen también los dos alternativamente.
Una vez nacidos los polluelos,
ambos se encargan de ellos: la hembra los cuida y el macho les
proporciona alimento y los defiende.
Su alimentación es primordialmente vegetal, pero también come
insectos acuáticos y moluscos.
Es un ave vigilante, y a la menor señal de peligro, sea de día
o de noche, levanta el vuelo y grita: "Chajá!" o
"Yahá".
De la onomatopeya de este grito estridente se ha tomado su
nombre.
Vuela a gran altura describiendo círculos y puede mantenerse
mucho tiempo en el aire.
Detecta a las aves de rapiña, siendo por ello un excelente
guardián de gallineros y rebaños.
Se domestica con facilidad, llegando a reconocer a su amo y a las
personas de la casa.
El hombre no lo persigue para comer porque su carne no es
comestible, al cocinarla se transforma, en su mayor parte, en
espuma. De aquí el dicho "Pura espuma como el chajá".
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"El chajá"
Leyenda guaraní
El anciano Aguará era el Cacique de una
tribu guaraní. En su juventud, el valor y la fortaleza lo
distinguieron entre todos; pero ahora, débil y enfermo, buscaba
el consejo y el apoyo de su única hija, Taca, que con decisión
acompañaba al padre en sus tareas de jefe.
Taca manejaba el arco con toda maestría, y en las partidas de
caza, a ella correspondían las mejores piezas, constituyendo el
trofeo de su arrojo ante el peligro. Todos la admiraban por su
destreza y la querían por su bondad.
Muchas veces había salvado a la tribu en momentos de peligro,
reemplazando al padre que, por la edad y por la salud resentida,
estaba incapacitado para hacerlo.
Aparte de todas estas condiciones, Taca era muy bella. De color
moreno cobrizo su piel, tenía ojos negros y expresivos, y en su
boca, de gesto decidido y enérgico, siempre brillaba una
sonrisa. Dos largas trenzas negras le caían a los lados del
rostro. Un tipoy cubría su cuerpo hasta los tobillos, y con una
faja de colores que los guaraníes llamaban chumbé, lo ceñía a
la cintura.
Las madres de la tribu acudían a ella cuando sus hijos se
hallaban en peligro, seguras de encontrar el remedio que los
salvara. Era la protectora dispuesta siempre a sacrificarse en
beneficio de la tribu.
Los jóvenes admiraban su bondad y su belleza, y muchos
solicitaron al Cacique el honor de casarse con tan hermosa
doncella. Pero Taca rechazaba a todos. Su corazón no le
pertenecía. Ará-Naró, un valiente guerrero que en esos
momentos se hallaba cazando en las selvas del norte, era su novio
y pensaban casarse cuando él regresara. Entonces el viejo
Cacique tendría, en su nuevo hijo, quien lo reemplazase en las
tareas de jefe.
La vida de la tribu transcurría serena; pero un día, tres
jóvenes: Petig, Carumbé y Pindó, que salieron en busca de miel
de lechiguana, volvieron azorados trayendo una horrible noticia.
Al llegar al bosque en busca de panales, cada uno de ellos había
tomado una dirección distinta. Se hallaban entregados a la
tarea, cuando oyeron gritos desgarradores.
Era Petig, que, sin tiempo ni armas para defenderse, había sido
atacado por un jaguar cebado con carne humana y nada pudieron
hacer los compañeros para salvarlo, pues ya era tarde.
El jaguar había dado muerte al indio y lo destrozaba con sus
garras. Carumbé y Pindó no tuvieron más remedio que huir y
ponerse a salvo.
Así habían llegado, jadeantes y sudorosos, a dar cuenta de lo
sucedido.
Esta noticia causó estupor y miedo en la tribu, pues hasta
entonces ningún animal salvaje se había acercado al bosque
donde ellos acostumbraban ir a buscar frutos de banano, de
algarrobo y de mburucuyá, que les servían de alimento.
Desde ese día no hubo tranquilidad en la tribu. Se tomaron
precauciones; pero el jaguar merodeaba continuamente y muchas
fueron las víctimas del sanguinario animal.
El Consejo de Ancianos se reunió para tomar una determinación
que pusiera fin a semejante amenaza de peligro para todos. Y
decidieron: era necesario dar muerte a quien tantas muertes
había producido. Para conseguirlo, un grupo de valientes debía
buscar y hacer frente a la terrible fiera, hasta terminar con
ella.
El Cacique aprobó la determinación de los Ancianos. Pidió a
los jóvenes de la tribu que quisieran llevar a cabo esta
empresa, se presentaran ante él. Grande fue la sorpresa del jefe
cuando vio aparecer en su toldo a un solo muchacho: Pirá-U. De
los demás, ninguno quiso exponer su vida.
Pirá-U sentía gran admiración y un gran reconocimiento hacia
el viejo Cacique. En cierta ocasión, hacía muchos años,
Aguará había salvado la vida de su padre, de quien era gran
amigo.
Fue un verdadero acto de heroísmo el cumplido por el valiente
Cacique, con peligro de su propia vida. Desde entonces, nada
había que Pirá-U, agradecido, no hiciera por el viejo Aguará.
Por eso, ésta era una espléndida oportunidad para demostrarlo.
Él sería el encargado de librar a la tribu de tan terrible
amenaza. Así fue que Pirá-Ú, sin ayuda de nadie, confiando en
su valor y en la fuerza que le prestaba el agradecimiento,
partió a cumplir tan temeraria empresa. Gran ansiedad reinó en
la tribu al siguiente día.
Todos esperaban al valiente muchacho, deseosos de verlo llegar
con la piel del feroz enemigo. Pero las esperanzas se
desvanecieron.
Pasó ese día y otros más y Pirá-U no regresó. Había sido
una nueva víctima del jaguar. Nuevamente se reunió el Consejo y
nuevamente se pidió la ayuda de los jóvenes guerreros. Pero
esta vez nadie respondió... nadie se presentó ante el Cacique.
Era increíble que ellos que habían dado tantas veces pruebas de
valor y de audacia, se mostraran tan cobardes en esta ocasión.
Taca, indignada, reunió al pueblo, y en términos duros y con
ademán enérgico, les dijo:
-Me avergüenzo de pertenecer a esta tribu de cobardes. Segura
estoy de que si Ará-Naró estuviera entre nosotros, él se
encargaría de dar muerte al sanguinario animal. Pero en vista de
que ninguno de vosotros es capaz de hacerlo, yo iré al bosque y
yo traeré su piel. Vergüenza os dará reconocer que una mujer
tuvo más valor que vosotros, cobardes!
Así diciendo entró en su toldo. El padre, que se hallaba
postrado por la enfermedad, se oponía a que su hija llevara a
cabo una empresa tan peligrosa.
- Hija mía -le dijo- tu decisión me honra y me demuestra una
vez más que eres digna de tus antepasados. Mi orgullo de padre
es muy grande. Te quiero y te admiro; pero la tribu te necesita.
Mi salud no me permite ser como antes y sin tu apoyo no podría
gobernar.
-Padre, los dioses me ayudarán y yo volveré triunfante. Si
permitimos que el sanguinario animal continúe con sus desmanes
no podremos llegar al bosquecillo en busca de alimentos, y la
vida aquí será imposible.
-Hija mía; otros deben dar muerte al jaguar. Tú eres necesaria
en la tribu y no es muy seguro que te libres de morir entre las
garras de la fiera.
-Padre... tus súbditos han demostrado ser unos cobardes. Creen
que el yaguareté es un enviado de Añá para terminar con
nosotros, y temen enfrentarlo. Yo debo salvar a la tribu.
¡Permite que vaya, padre mío!
El anciano tuvo que acceder. Las razones que le daba su hija eran
justas y claras, y no había otra manera de librarse de enemigo
tan cruel. Y Taca empezó los preparativos para ponerse en viaje
ese mismo día al atardecer.
Cuando se disponía a partir, varios jóvenes trajeron la noticia
de que los cazadores que partieran hacía una luna, se acercaban.
Estaban a corta distancia de los toldos.
Fue para Taca una noticia que la lleno de placer y de esperanza.
Entre los cazadores venía Ará-Ñaro, su novio, y él podría
acompañarla para dar muerte al jaguar.
Impacientes esperaban la llegada de los bravos cazadores, los que
se presentaron cargados de innumerables animales muertos, pieles
y plumas, conseguidos después de tantos sacrificios y de tantos
peligros.
Fueron recibidos con gritos de alegría y de entusiasmo por toda
la tribu que se había reunido cerca del toldo del Cacique. Junto
a la entrada se encontraba éste con su hija Taca, rodeados por
los ancianos del Consejo.
El viejo Aguará saludó con todo cariño a los valientes
muchachos, que se apresuraron a poner a sus pies las piezas más
hermosas. - Ará-Naró, después de agasajar al Jefe, se dirigió
a Taca, y como una prueba de su gran amor, le ofreció el
presente que le tenía dedicado: una colección de las más
vistosas y brillantes plumas de aves del paraíso, de tucán, de
cisne, de garza y de flamenco.
El gozo y la satisfacción se pintaron en el rostro de la
doncella, que con una suave sonrisa agradeció el obsequio.
Después... cada uno se retiró a su toldo. Aguará, Taca y
Ará-Naró quedaron solos. El sol se había ocultado detrás de
los árboles del bosquecillo cercano. Un reflejo rojo y oro
teñía las nubes, y como venido de lejos se oyó el grito
lastimero del urutaú.
En ese momento, el viejo Cacique comunicó a Ará-Naró la
decisión de su hija.
-Hijo mío- le dijo - un jaguar cebado con sangre humana ha hecho
muchas víctimas entre nuestro pueblo. El primero fue Petig, que
tomado desprevenido, murió deshecho por la fiera. Después
Saeyú y otros que, confiados, fueron al bosque en busca de
alimentos. Se decidió dar muerte al sanguinario animal; pero
Pirá-Ú, encargado de ello, no ha vuelto. Fue, sin duda, una
víctima más... Y ahora nadie quiere hacer frente a tan terrible
enemigo. Todos le temen creyéndolo un enviado de Añá,
imposible de vencer. Taca, por su parte, ha decidido ser ella
quien termine con el jaguar, y piensa partir ahora mismo.
-Taca, eso no es posible- dijo resuelto Ara-Ñaro-. Esa no es
empresa para ti. Y los guerreros de nuestra tribu: ¿qué hacen?
¿Cómo permiten que una doncella los aventaje en valor y los
reemplace en sus obligaciones?.
-Los jóvenes temen a Añá, y no quieren atacar a quien creen su
enviado.
-Taca, ¡no irás! Seré yo quien dé muerte al jaguar, y su piel
será una ofrenda más de mi amor hacia ti.
-No podrá ser, Ará-Ñaró. ¡He dado mi palabra y voy a
cumplirla!... Dentro de un instante saldré en busca del jaguar,
y cuando vuelva gritaré una vez más su cobardía a los
súbditos del valiente Aguará.
-No has de ir sola, Taca. Espera unos instantes y yo te
acompañaré.
-Ya debo partir, Ará-Ñaro; yahá!
,
yahá!
(¡vamos!, ¡vamos!). 
Pronto se reunió Ará-Ñaró a su prometida, y cuando la luna
envió su luz sobre la tierra, ellos marchaban en pos del enemigo
de la tribu. La esperanza de terminar con él los alentaba.
Cuando llegaron al bosque, Ará-Ñaró aconsejó prudencìa a su
compañera, pero ella, en el deseo de terminar de una vez por
todas con el carnívoro, adelantándose, lo animaba: -
yahá!
, yahá!
Cerca de un ñandubay se detuvieron. Habían oído un rozamiento
en la hierba. Supusieron que el jaguar estaba cerca. Y no se
equivocaban. Saliendo de un matorral vieron dos puntos luminosos
que parecían despedir fuego. Eran los ojos de la fiera, que
buscaba a quienes pretendían hacerle frente. Con paso felino se
iba acercando, cuando AraNaró, haciendo a un lado a su novia y
obligándola á guarecerse detrás de un añoso árbol, se
dirigió, decidido, hacia la fiera.
Fueron momentos trágicos los que se sucedieron. ¡El hombre y la
fiera luchando por su vida! Ará-Naró era fuerte y valiente,
pero el jaguar, con toda fiereza, lanzó un rugido salvaje.
Taca, que desde su escondite seguía con ansiedad una lucha tan
desigual, se estremeció. Un zarpazo desgarró el cuello del
valiente indio y lo arrojó a tierra. Con él rodó la fiera
enfurecida y poderosa. Taca dio un grito, y de un salto estuvo al
lado del animal ensangrentado, que se trabó en pelea con su
nueva atacante. Pero fue en vano. En esa prueba de valientes,
ninguno salió triunfante. Taca, Ará-Ñaró y el jaguar pagaron
con su vida el heroísmo que los llevó a la lucha.
Pasaron los días. En la tribu se tuvo el convencimiento de la
muerte de los jóvenes prometidos.
El viejo Cacique, cuya tristeza era cada vez mayor, fue
consumiéndose día a día, hasta que Tupá, condolido de su
desventura, le quitó la vida. Todos lloraron al anciano Aguará,
que había sido bueno y valiente, y de quien la tribu recibiera
tantos beneficios.
Prepararon una gran urna de barro, y después de colocar en ella
el cuerpo del Cacique, pusieron sus prendas y, como era
costumbre, provisiones de comida y bebida. En el momento de
enterrarlo, en el lugar que le había servido de vivienda, una
pareja de aves, hasta entonces desconocidas, hizo su aparición
gritando: -- yahá!
, yahá!
Eran Taca y Ará-Naró, que convertidos en aves por Tupá,
volvían a la tribu de sus hermanos.
Ellos los habían librado del feroz enemigo, y desde ahora
serían sus eternos guardianes, encargados de vigilar y dar aviso
cuando vieran acercarse algún peligro.
Por eso, el chajá, como le decimos ahora, sigue cumpliendo el
designio que le impusiera Tupá, y cuando advierte algo extraño,
levanta el vuelo y da el grito de alerta: ; "Yahá!...,
" "Yahá!"...
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VOCABULARIO
TACA: Luciérnaga
PIRA Ú : Pescado negro
ARA- ÑARÓ : Rayo
PETIG: Tabaco
CARUMBÉ: Tortuga
PINDÓ: Palmera
AGUARÁ: Zorro
SAEYÚ: Amarillo
TIPOY: Túnica
CHUMBÉ: Faja
LECHIGUANA: Abeja silvestre que produce una miel comestible
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