Alfajores de maicena
Todos lo
llevamos alguna vez en la bolsita bordada del jardín de infantes
y cuando nos hicimos más grandes lo pasamos al bolsillo del
guardapolvo o a la mochila del colegio. La estrella de las
meriendas escolares de la infancia también nos acompañó cuando
dejamos las aulas.
Aunque hoy sea una golosina bien argentina, al alfajor lo
inventaron los árabes y su nombre proviene de al-hasú que
significa relleno. Tal como lo conocemos nosotros, esa especie de
masita redonda y rellena de dulce, nació en el interior
argentino de modo artesanal. Aún hoy muchas pequeñas empresas
los siguen fabricando uno a uno con manos y pincel. Otras, las
que hacen grandes producciones, cuentan para fabricarlos con la
última tecnología.
Los hay negros o blancos, de chocolate o dulce de leche, simples
o triples, de durazno, membrillo o uvas, y los más sofisticados
de frutilla a la crema o lemon pie. Dicen que en la variedad
está el gusto y en la industria alfajorera parecen aprovecharlo
bien. En las góndolas se pueden contar hasta 34 tipos diferentes
de alfajores.
De un tipo o de otro, los argentinos comen alrededor de 6
millones de alfajores por día.
Y un dato que llama la atención, las clases más bajas consumen
un 53% del total. ¿Por qué? Todos los consultados coinciden en
que el alfajor dejó de ser una golosina para pasar a ser un
alimento barato, y parece que los peores momentos económicos son
los de mayor consumo de alfajores. Un obrero puede almorzar con
uno o dos alfajores porque se trata del alimento más económico.
Es un alimento rico que permite la posibilidad de saborear algo
dulce en momentos amargos.
Lentamente, las bondades de los alfajores también son
descubiertos por los extranjeros que visitan la Argentina. Basta
poner la palabra alfajor en Google para encontrar
comentarios de lo más elogiosos y en distintos idiomas.
He encontrado el mejor bizcocho del mundo
Son de
Argentina y vienen en una caja de 12: seis dorados y seis
plateados, relata el inglés Neville Reid, sobre su
descubrimiento de los clásicos Havanna. Si alguna vez
estuviste en el cielo, estoy seguro que allí los tienen,
remata elegantemente su comentario on-line.
Recuerdo cuando de chicos veraneábamos en Necochea y por los
alatavoces de la playa nos atronaban con la cancioncita de
alfajores Chapaleo. No sé si existen todavía, pero yo cada vez
que me acuerdo de Necochea, lo asocio con el parque Miguel Lillo
y los alfajores Chapaleo.
¿Qué argentino no se ha comido alguna vez en su vida un
Jorgito? No pidas un alfajor, pedí un Jorgito, el nombre
del alfajor era el eslogan.
¿Y quién viviendo fuera del país, no sueña con un Havanna? O
con los Guaymallén, o con los de nuez y chocolate blanco, o con
los alfajores de frutas de la Estancia El Rosario, o con los de
maicena que en un momentito hacía mi mamá. Estos, por lo menos,
los puedo intentar reproducir en mi cocina, aunque nunca van a
tener el mismo gusto.

Estos
alfajores son muy populares en la región pampeana, donde la
repostería en base a la leche es famosa. El dulce de leche,
dulce típicamente argentino al cual en algún número de nuestra
revista on-line le dedicaremos un artículo, forma parte de la
mayor parte de los bizcochos, postres y masitas de la repostería
del país, y rellena estos exquisitos alfajores. Alfajores que
reciben un nombre que se presta a malentendidos, ya que maicena
no es un producto derivado del maíz sino que es una marca con
que se conoce la fécula de maíz. ¡Manos a la masa!
En un bol se colocan 6 yemas de huevo, 1 clara y 250 gr. de
azúcar impalpable, y se bate hasta formar una crema.
Sobre la mesa se hace un aro con 400 gr. de maicena (o fécula de
maíz), 100 gr. de harina y 1 cucharadita de polvo de hornear
tamizados. En el centro se colocan 100 gr. de manteca
(mantequilla), 1 chorrito de aguardiente, 1 cucharadita de
esencia de vainilla y las yemas y el azúcar batidos en el bol.
Se trabaja muy bien la masa con la palma de las manos hasta que
tenga una consistencia firme y unida. Se estira con el palo de
amasar, dejándola algo gruesa. Se cortan pequeños medallones
con el borde de un vaso pequeño o con un cortapastas y se los
coloca en una placa enmantecada y enharinada.
Se cuecen en horno moderado (para que resulten secos y blandos)
durante 25 minutos. Una vez cocidos y fríos, se unen de a dos
con dulce de leche y se unta el borde con un poco de dulce,
haciéndolos rodar sobre coco rallado.
Seguro que no le darán tiempo de llevarlos a la mesa. Prepare un
rico té y ¡Buen provecho!
![]()