
Antes los baldíos eran para el yuyal, el
vagabundo y la gata con cría. Ahora son para la calesita.
Esa esquina al ras que espera su rascacielos, de pronto, cuando
el alba va descorriendo su cortinado de neblinas, muestra ese
universo circular color de infancia, en que se ven caballitos
ecuestres y otros ejemplares de una fauna de madera, que
empezarán a moverse en redondo al inicio de la tarde,
vitalizados por la música.
¿Quién dejó allí, en la esquina desmantelada, esa sorpresa de
reyes?
¿Qué duendes misteriosos trajeron desde la selva de los cuentos
ese regalo para los pibes?
No se preguntan estas cosas cuando se trata de milagros, y
además, ¿para qué?; basta su presencia en el barrio y la
ráfaga de felicidad ingenua que distribuye.
Así también, de la noche a la mañana, manos misteriosas mudan
la calesita.
De paso para el colegio los pibes descubren su desaparición, y
después, cuando ya en clase la maestra les habla, advierte en
los semblantes atentos un extraño tinte de melancolía.
¿Quién interviene en estos aconteceres y cómo puede ser que
mientras la ciudad duerme, se produzcan estos cambios?
En un barrio de carros, donde el empedrado escandaliza el
tránsito y las primeras horas de la tarde aparecen embarulladas
con tanto ruido, he visto en el crepúsculo, al encenderse
pálidamente las luces de la calle, la calesita pobre.
Ustedes pensarán que busco expresamente el sentimentalismo de
esa modestia para hacerles más simpático el tema.
Y no es así; sólo con echarnos a andar iremos pulsando la
diversidad de lo cotidiano, encontrando unas veces la flamante y
moderna calesita, iluminada con guirnaldas de lamparitas
eléctricas, al son de un combinado con abundante colección de
discos; y otras que, como en el pasado, ostentan la pianola
somnolienta, comprada quizás en algún remate a precio
irrisorio.
Pero el dueño de la calesita
de nuestra historia no tuvo plata más que para un pequeño
aparato de radio.
Eliseo Montaine y yo lo sabemos, porque él me pasó el dato, y
nos dimos cita, demasiado temprano, pues recién a las cuatro de
la tarde apareció el calesitero con su viejo matungo por la
calle junto a la vereda, caminando hacia el baldío.
El caballejo conocía sus obligaciones y no necesitaba voces de
mando para detenerse frente a la calesita y ocupar su lugar de
cada día.
Era una calesita con caballos que no saltan, con asientos
despintados, apenas insinuadas las antiguas flores al óleo.
El toldo con remiendos mostraba la pátina del tiempo.
Estaba preparada para que pudiera girar sobre sí misma y dar la
sensación de vértigo a los niños, sin lo cual no llegaría
nunca a ser una calesita.
Estábamos frente a la cenicienta de las calesitas, idéntica a
alguna que, muchos años atrás, habíamos visto en tediosos
pueblos de campaña.
Mientras tanto, el calesitero hizo funcionar su aparato de radio
y daba vueltas al dial para encontrar la música conveniente.
Como si su voluntad estuviera sincronizada con la música, el
caballejo comenzó a andar...
El piberío se asomó a las puertas, avanzó por distintas
direcciones, agolpándose en torno a la calesita.
Fueron ocupados los sitios de montar y los de sentarse.
Los más expertos de pie, aferrados a los sostenes de hierro, a
fin de dar caza a la sortija.
Y la calesita volaba, como si debiera levantarse del suelo y
hender el aire en una ascensión aerostática.
No sabíamos, Montaine y yo, si era la alegría infantil la que
mantenía el equilibrio y daba alas al armatoste, o si era que
las calesitas obedecen, por sobre sus posibilidades materiales, a
una inspiración misteriosa que las torna alígeras como el mismo
aire que las envuelve.
Lo cierto es que la calesita, tras sus tambaleos primeros,
adquirió la velocidad maravillosa de sus hermanas más modernas
que iluminan las esquinas de la ciudad.
Lo asombroso del caso es que el hálito musical que le infundía
su sangre, no tenía la continuidad necesaria, y si por momentos
escuchábamos: LRA Radio del Estado, va a transmitir ...etc; en
otros nos llegaba la transmisión de un aviso. Luchaba el
calesitero por subsanar tales inconvenientes que alteraban el
clima mágico de las vueltas, sin mayores resultados, pues si no
era el aceite, era la hojita de afeitar y sino el noticioso, las
cotizaciones bursátiles que se interponían.
Y considerando que para los
pibes era lo mismo, que la música estaba sonando adentro de
ellos y que, terminado un tango, era igual una marcha, una
sinfonía, un aviso y hasta la charla dedicada a las mamás para
la educación de sus hijos, optó por dejar tranquilo el dial y
que el aparato de radio se diera el gusto.
Tratándose de una calesita humilde, el hecho parecería
intrascendente, pero siempre hay quien observa y saca del
episodio minúsculo las consecuencias que lo valorizan.
Nos alejamos convencidos de que la infancia es la poseedora de
todos los resortes que hacen maravilloso el sueño; y que la
imaginación de un niño lo alcanza todo.
Más allá, a unas cuantas cuadras, estaría funcionando la
calesita bien vestida; pero nadie desprecia la de su esquina, ni
le hace el vacío a un calesitero porque la mueva a ritmo de
motor o tirada por un caballo resignado; porque la enriquezca con
un combinado flamante o la libre a la aventura de una radio
estridente, con bailables y avisos.
Lo importante es que gire sobre sí misma y tenga la codiciada
pera con la sortija...
"Estampas de Buenos
Aires" de J.Gonzalez Carbalho
Colección "La historia popular" - Centro Editor de
América Latina
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