
No recordaba haberla estudiado en el
secundario, así que me fui a buscar mi viejo libro de
"Historia de la Cultura Argentina" de José Ibañez,
pensando que una vez más mi memoria me jugaba una mala pasada y
que las lecciones tán duramente aprendidas, se habían escondido
en algún rincón oscuro de mi cabeza.
Pero no. Por más que busqué y rebusqué, no la encontré.
Por orden alfabético después de Monvoisin viene Morante.
En cuanto al capítulo de escultura, en él se trata de Francisco
Cafferata, de Lucio Correa Morales, de Rogelio Yrurtia, etc, etc,
pero de Lola Mora nada de nada.
¿Será que se suponía una mala influencia para las jovencitas
que estábamos en formación?
La cuestión es que en aquella época, yo no tenía ni idea de la
vida de la autora del que siempre me ha parecido el conjunto
escultórico más hermoso de Buenos Aires.
A fines de 1999 se filmó un documental sobre la vida de Lola
Mora, y me alegra que el cine argentino recupere la figura de una
magnífica artista, a quien los prejuicios de su época
silenciaron.
Según parece, al morir Lola sus sobrinas quemaron en una gran
fogata todos sus documentos, cartas, escritos y anotaciones
"para preservar el buen nombre de la tía".
El fuego devoró valiosos documentos y cartas que hubieran
servido para aclarar puntos oscuros de la intensa vida de la
artista.
Aquí os cuento algo de lo que he podido enterarme.
La historia de
Dolores Candelaria Mora Vega comenzó en El Tala, en la provincia
de Salta (antigua Gobernación de Salta del Tucumán), el 17 de
noviembre de 1866.
Asistió a la escuela en el Colegio de las Hermanas del Huerto,
donde ya despuntaban sus aficiones artísticas.
Quedó huérfana siendo niña y a los 12 años comenzó a
estudiar pintura con el maestro italiano Falcucci.
El la inició en el neoclasicismo, estilo que Lola no
abandonaría nunca.
A los 18 años, realizó su primera exposición con dibujos al
carbón de los gobernadores de Tucumán.
Esto le permitió conseguir una beca para estudiar en Buenos
Aires, y luego de dos años de vivir y estudiar en la capital,
logró una beca del gobierno nacional para perfeccionarse en
Italia. Lola, que hasta ese momento se había dedicado
exclusivamente a los retratos, llegó a Roma y comenzó
estudiando con Francesco Paolo Michetti, para pasar luego al
estudio de los escultores Barbella y Monteverde, especialistas en
monumentos conmemorativos.
Estuvo en contacto con el grupo de escultores de tradición
académica, se introdujo en los círculos de arte, aprendió de
los mejores maestros y desarrolló plenamente su talento.
Su fama comenzó a ser importante, ganó una medalla de oro en un
concurso en París, empezaron a lloverle pedidos, su nombre
despertaba admiración, armó su propio atelier en Roma donde se
reunían artistas y entendidos, y hasta era frecuentado por el
rey Humberto y la reina Margarita de Italia.
Entre las obras de esa época figura un monumento a la reina
Victoria hecho para la ciudad de Melbourne.
También ganó un concurso para realizar el monumento del zar
Alejandro I, para San Petersburgo, pero este no lo llevó a cabo,
dado que para hacerlo se debía nacionalizar rusa, condición con
la que la artista no estuvo de acuerdo.
Era su época de gloria y reconocimiento, pero ella ansiaba
volver a su patria a demostrar de lo que era capaz.
Y a pesar de que en Europa nadie dudaba de su talento, en la
Argentina tuvo que afrontar una terrible oposición, fruto de una
sociedad mojigata que se ensañó en sus figuras desnudas.
Fue tal vez el precio que debió pagar por ser una adelantada a
su época. 
A principios de siglo, Lola ofreció al gobierno argentino
realizar una fuente para la Plaza de Mayo, donando sus
honorarios.
La Fuente de las Nereidas generó el primer escándalo en la vida
de la escultora. Para realizar esta hermosísima obra, hecha en
mármol de carrara, Lola se inspiró en la mitología.
Representa el nacimiento de Venus, hija de Urano, que es la diosa
del amor, de la belleza, la gracia y de los mares.
Las Nereidas que
sostienen a Venus son, según la mitología, hijas de Nereo y
Doris, y representan la variedad de fenómenos y aspectos del
mar.
Al ser consideradas divinidades bienhechoras y protectoras, los
navegantes las invocaban para tener una felíz travesía.
Después de muchas idas y venidas y de muchas críticas, se
decidió emplazarla en la esquina de Avenida Alem y Cangallo (hoy
Perón), e inaugurarla el 21 de mayo de 1903.
Al acto no asistió ninguna mujer, ofendidas por la desnudez de
las figuras, y tampoco asistió el entonces presidente de la
República, el general Roca, de quien se rumoreaba que tenía
ciertas predilecciones por la escultora y que la hacía acreedora
de sus favores.
La fuente tuvo poca suerte, la gente la agredía, no solamente
verbalmente sino también físicamente y finalmente en 1918 se
decidió desterrarla a la soledad de la Costanera Sur.
Allí la conocí y la visité muchísimos domingos de mi
infancia, cuando joven admiré su belleza clásica y ahora, cada
vez que vuelvo a Buenos Aires, me gusta ir a visitarla como a una
vieja amiga a quien siempre gusta volver a ver.
Mi vista se posa en cada figura, en cada gesto y me tranquiliza
pensar que esas piedras aún se mantendrán por muchos años,
haciendo frente a la ola de enormes esculturas de hierros
retorcidos y bloques de hormigón que, por muy modernas que sean,
no me inspiran el deseo de acariciarlas como la querida Fuente de
Lola Mora.
Que, por cierto, es el nombre con el que la asociamos los
porteños.
Creo que debe de ser una de las pocas obras de arte que se conoce
más por su autor, que por su propio nombre.
De ella su autora dijo: "Lamento que la impureza y el
sensualismo hayan primado sobre el placer estético de contemplar
un desnudo humano, la más maravillosa arquitectura que haya
podido crear Dios".
Lola se instaló definitivamente en Buenos Aires, donde inició
una serie de obras que sufrieron críticas acérrimas y ataques
despiadados.
En 1907, a la estatua de Aristóbulo del Valle que le había sido
encargada, y que estaba emplazada frente a los lagos de Palermo,
le destrozaron un brazo poco antes de ser inaugurada y acabó sus
días en un depósito municipal, separada de la figura femenina
que la completaba.
Esta alegoría sufrió mejor suerte, se halla en el zoológico
con el nombre de El Eco.
En 1906 realizó para el Congreso de la Nación (donde había
instalado su atelier) cinco alegorías y dos leones para la
fachada exterior, y cuatro mármoles, honrando a Alvear, Laprida,
Zuviría y Fragueiro, para el interior.
En 1913 el gobierno de Roque Sáenz Peña se ensañó de tal
forma con estas esculturas que fueron removidas del Congreso y
llevadas a distintos puntos del país.
En 1908 fue designada para realizar el Monumento a la Bandera en
Rosario de Santa Fe.
Inspirándose en el cuadro de Delacroix "La libertad guiando
al pueblo", representó a la figura central de la libertad
como una mujer con el pecho descubierto.
Después de 15 años de polémicas,el presidente Torcuato de
Alvear rescindió el contrato.
Hubo quien opinó que los mármoles debían tirarse al río,
reposan separados en cuarteles, alguna escuela y alguna plaza.
Después de tantas desdichas,
pocas son las obras que quedan de Lola Mora: algunos grupos
funerarios en el cementerio de la Recoleta, el busto de Sáenz
Peña en la galería de los presidentes de la Casa de Gobierno,
el monumento a Avellaneda en esta localidad, los bajorrelieves de
la Casa de Tucumán, alguna escultura en Salta, Jujuy
, Tucumán, Mendoza,
Corrientes y poco más.
Su última aventura la inició a los 60 años, se dedicó a
extraer aceites lubricantes de las montañas de Salta, para
usarlo como combustible.
Así perdió todo su dinero.
Murió el 7 de junio de 1936, extremadamente pobre, en una
pensión de la avenida Santa Fé.
En 1998 el Congreso de la Nación instituyó el día de su
natalicio como el Día Nacional del Escultor.
Su talento perdurará, aunque los libros de texto la ignoren.
El texto publicado en un Fascículo del Centro Editor de América Latina sobre Escultores Argentinos del Siglo XX: Lola Mora (Nº 66), Buenos Aires, 1981, dice:
La famosa fuente
La escultora trabaja sin pausa.
Inspirada seguramente en las innumerables "fontane" de
Roma.
Sabemos que hubo un primer proyecto que utilizaba a Nereo, dios
de las profundidades del mar, como personaje principal del
conjunto .
Luego lo cambia, cosa habitual en ella que rehacía muchas veces
sus bocetos, por la diosa Venus, a quien habían de servir de
séquito las nereidas y tritones que imaginara en un comienzo.
Todas las figuras lucían un desnudo total.
Incluso en la resolución del desnudo de las nereidas, que
habitualmente termina en la cintura, eligió la doble caída, que
extiende ese desnudo hasta media pierna.
No es de extrañar que desde el comienzo la fuente y su autora
fueran objeto de resistencia y de ataques.
En el año en que comenzaba el siglo XX, cuando Lola Mora acaba
de llegar a Buenos Aires portadora de las maquetas solicitadas,
se levanta por una parte de la población un escándalo que
denuncia la colocación en la Plaza de Mayo de un conjunto de
desnudos masculinos y femeninos "a veinte metros de la
Catedral" .
A pesar de todo, el intendente Bullrich acepta en principio el
boceto y el ofrecimiento de la fuente.
Mientras tanto, hay interpelaciones al intendente, cuestionando
su facultad para contratar por 25.000 pesos la compra de la
fuente.
La interpelación deja bien en claro que no se pone en duda la
calidad artística del monumento, sino el procedimiento de su
contratación, que ha pasado por alto la aprobación del Concejo
Deliberante.
La escultora ya estaba en Buenos Aires, recorriendo despachos y
removiendo obstáculos para que el proyecto de la fuente pudiera
llegar a feliz término.
Otro de los inconvenientes con los que tuvo que luchar consistía
en el emplazamiento que se le daría.
Descartada la ubicación en la Plaza de Mayo, se sugería como
lugar apropiado para ella el barrio de Mataderos (zona
prácticamente despoblada) o el Parque de los Patricios, que en
esos momentos se estaba urbanizando.
Terminó imponiéndose el criterio de un grupo de prestigiosos
ciudadanos, Mitre entre ellos, que propusieron se la instalara en
el Parque Colón, en donde hoy se cruzan Cangallo y Leandro Alem,
entonces Paseo de Julio 6.
Resuelto este punto y el pago de la suma de 5.000 pesos en
concepto de saldo del costo de la fuente, 
Lola Mora se instaló en pleno
Paseo de Julio, haciendo construir una cerca de madera que
rodeara el improvisado taller, donde los sorprendidos
transeúntes pronto pudieron contemplar a la escultora
trabajando, rodeada de andamios, mármoles y operarios, llevando
a cabo el acabado final de esa obra que le era tan querida y que
tantos sinsabores le estaba costando.
Por fin, el 21 de mayo de 1903, tiene lugar la ansiada
inauguración, con la presencia de Joaquín V. González,
ministro del Interior, el intendente Casares y otras
personalidades.
La prensa es unánime al comentar, en las crónicas del día
siguiente, la pobreza de la recepción oficial y, en contraste .
el entusiasmo de la población que, en gran número, ovacionó a
la escultora.
Las fotos de la época la muestran, única mujer en el palco,
entre todos los funcionarios y, terminado el acto, también sola
entre el numeroso grupo de caballeros que la agasajó en el Club
del Progreso.
Lola Mora había llevado a cabo su trabajo sin percibir por él
más que el gasto ocasionado por la compra de los materiales.
Un mes después de la inauguración, el Concejo Deliberante
votaba la suma de diez mil pesos que debían entregarse a la
escultora en calidad de "premio" por su trabajo.
Reconocimiento tardío y escaso a sus largos desvelos, dictado
seguramente por la repercusión popular y periodística a su
labor.
Pasado el primer momento de entusiasmo, comienzan a publicarse
juicios críticos: se duda de la autoría de Lola Mora, se
enjuicia su moralidad, se la coloca en la picota, todo ello sin
el menor asidero.
Aún cuando los ánimos se tranquilizaron pasado el tiempo la
fuente había de sufrir otros cambios.
En 1918 por sugerencia del francés Forestier, a quien se había
encargado la urbanización del Balneario Sur, se traslada la
fuente a su actual ubicación , casi al fondo de la avenida
Tristán Achával Rodríguez, en la Costanera Sur, frente al río
de la Plata.
Muchos años después, en 1971, el intendente de Buenos Aires
tiene la intención de trasladarla a la intersección de la
avenida Nueve de Julio y Santa Fe, pero el asunto fue
técnicamente desaconsejado por fisuras que podían observarse en
el mármol, y que se agravarían en caso de intentar mudarla de
sitio.
Aunque en la base del grupo escultórico hay una leyenda que dice
Fuente de las Nereidas, el pueblo de Buenos Aires la conoció
siempre, desde su inauguración hasta hoy, corno Fuente de Lola
Mora.
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