
| No son los ángeles que cantan, no son los pájaros ni el mar, es un señor lleno de cielo, el señor Juan Sebastián. |
Era gordito y con peluca, indispensable como el pan y cascarrabias a menudo el señor Juan Sebastián. |
| Hace muchísimos inviernos que lloriqueando en alemán nació entre fusas y corcheas el señor Juan Sebastián. |
Soñando en órgano y en clave a su país angelical llevaba a príncipes y a pobres el señor Juan Sebastián. |
| Era chiquito y las canciones que le enseñaba su papá las repetía para siempre el señor Juan Sebastián. |
Está contándonos un cuento que no terminará jamás. Dios le dictaba el argumento al señor Juan Sebastián. |
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Soy hija de Jeanette
McDonald y Nelson Eddy, de Fred Astaire y Ginger Rogers. Ellos me
llevaron de la mano -una manita de blanco enguantada- por valles,
montes y praderas, por bosques de sonoros árboles de terciopelo
y tiesos pajarillos de cartulina. No había escuela ni soledad ni
regaños: levitábamos cantando, bailando, recogiendo fresas o
copos de nieve, siempre felices, con sonrisas de strass.
Zapateábamos por escalinatas de mármol jamás profanadas por la
realidad. Recorríamos a caballo los peligrosos montes de cartón
pintado del Canadá y fumábamos la eterna pipa de los pieles
rojas, que nos recibían en paz...
Así comienza su autobiografía.
Alta, grande, pecosa, de pelo corto y dorado, siempre vestida con
pantalones y pullovers ni de moda, ni fuera de moda, atemporales,
unisex; con sus labios pintados de un rojo fuerte que añade un
toque clownesco a esa cara de Doris Day, irremisiblemente gringa,
irremisiblemente argentina, es la tía de todos los chicos, la
pulga en la oreja de los ejecutivos, el cálido sol que ilumina
nuestro difícil planeta, nuestra tierna infancia recuperada y
nuestra rebeldía juvenil que surge de la melancolía de una
tarde lluviosa, los poemas-canción que nos descubren la
sensibilidad a flor de piel.
María Elena Walsh nació el 1º de febrero de 1930 en Ramos
Mejía.
Su infancia callejeó por el caserón familiar con patio,
gallinero, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera muy
cómoda sobre cuya rama gorda se subía la chica rubia y pecosa,
para leer a la hora de la siesta Los Tres
Mosqueteros, Robinson Crusoe o La Cabaña
del Tío Tom.
Su mamá, cruza de criollo y gaditana, representó para María
Elena el amor a la naturaleza.
Su papá, un inglés del ferrocarril, cruza de
irlandés y de inglesa, significaba la cultura.
Tenía cuatro hermanos mucho mayores, fruto del casamiento
anterior de su padre, y una hermana, Susana, también mayor que
ella.
Su adoración por
el padre, que tocaba el violonchelo, el piano y el mandolín, y
copiaba música con deslumbrante caligrafía, le
llevó a tratar de emular a ese gentleman tan hábil para
divertirse y divertirla con las palabras.
Una infancia feliz, rica, resplandeciente en recuerdos que
atesora la memoria.
Luego llegó la adolescencia y sus primeros tanteos en poemas
emocionales y románticos. Estudiante en la Escuela Nacional de
Bellas Artes, en mitad de la carrera, llegó el paso definitivo,
se llamó Otoño imperdonable y fue un libro de
poemas que escribió en 1947.
Fue el éxito, los grandes la recibieron con elogios, pudo editar
500 ejemplares con sus ahorros y se le abrieron muchas puertas,
entre ellas las de un eminente poeta, Juan Ramón Jiménez, quien
le realizó una inesperada invitación: la de pasar una temporada
con él y con su esposa Zenobia en su hogar norteamericano de
Maryland.
De la mano del poeta, María Elena no sólo descubre la poesía
norteamericana, en un ecléctico aprendizaje, conoce a Emily
Dickinson, Ezra Pound, Pedro Salinas, Salvador Dalí, descubre
Nueva York, asiste a los conciertos de Rubinstein en el Carnegie
Hall y al music-hall de las Rockettes, se extasia ante el
Guernica de Picasso y descifra los misterios de la canción
popular española.
Ella misma reconoce que en sus clases de la universidad se
aburría y que no fue ese su lugar de aprendizaje sino junto a
Juan Ramón Jiménez, su verdadero maestro.
Del viaje no regresó con diploma, sino con una experiencia de
vida mucho más importante.
Su segunda escapada fue en 1952.
Era difícil conseguir trabajo y decidió correr la aventura
europea.
Con otra escritora a quien sólo conocía por carta, Leda
Valladares, parten hacia París, y descubre por el camino que
llevaba consigo un caudal con el que nunca había contado
seriamente hasta entonces.
Forman un dúo para cantar vidalas, bagualas, y zambas, aprende a
tocar el bombo, y desembarcan en París y la conquistan. Hay que
haber escuchado huaynos y vidalas para entender hasta qué punto
era extraño conquistar el aplauso por encima de músicas
pegadizas, azucaradas y europeas.
Pero lo cierto es que tuvieron un éxito que no era masivo, pero
si perdurable. Durante 4 años trabajaron en París, dándose el
lujo de elegir los lugares, rechazando los que consideraban poco
apropiados, o donde les pedían cambiar el repertorio.
En esa época empezó a escribir versos para niños, tal vez,
como alguna vez ha dicho, por las ganas de jugar con las
palabras, tal vez como una reconciliación con el paraíso
perdido de la niñez.
Con Leda, que provenía de una infancia tucumana llena de
folklore, comenzaron a recopilar canciones del repertorio popular
del noroeste.
Y en tercer lugar, las canciones que sus amigos exiliados
españoles le habían enseñado, y que luego dio lugar al disco
Canciones del Tiempo de Maricastaña
Estos fueron los diferentes hilos que compusieron la trama de su
etapa parisina.
Luego vino la vuelta a la patria, a la capital argentina no le
interesaba el folklore cantado por dos mujeres, aunque hubieran
gustado en París, y parten en gira por el noroeste.
No es insólito que un argentino descubra su tierra después del
periplo europeo. 
María Elena aprendió el lenguaje, las costumbres, la comida.
En 1959, y ya de vuelta en Buenos Aires, entra en la televisión,
y comienza los recitales y teleteatros para niños.
Nacen Doña Disparate y Bambuco y comienza a publicar.
En 1962 se produjo la consagración, de la mano del espectáculo
teatral Canciones para mirar, y su descubrimiento por
el gran público, sobre todo por los chicos.
Unos chicos a los que no habla con diminutivos ni con la lengua
gorda como imitando a un oligofrénico, unos chicos a quienes
seduce con su honestidad, su franqueza y su respeto.
Es una adulta que juega y ríe con una ingenua y maliciosa
alegría de la que se enamoran.
En la época del Proceso cuestionó el régimen e ideología
represivos.
A causa del ensayo Desventuras en el País
Jardín-de-Infantes, donde denuncia el régimen autoritario
y opresivo de la Junta Militar, su obra es censurada.
En esa época dejó de cantar en público, pero canciones como
Serenata para la tierra de uno, Como la
cigarra y Oración a la justicia fueron
adoptadas por grupos disidentes como una forma de expresar su
cuestionamiento.
Sus poemas aparecieron en 1984 y sus canciones en 1994 y en 1997
apareció Manuelita ¿Dónde vas?, un libro cuya
protagonista es la tortuga más famosa de la Argentina.
Manuelita no solamente viaja (a la India, a España, a Mar del
Plata, al Japón), sino que también hace nuevos amigos.
Posiblemente, los tres puntos más significativos del libro
están dados por la libertad de Manuelita en sus opiniones y
comentarios, su divorcio del tortugo (un signo de la Argentina
actual) y su regreso a Pehuajó.
Y llega el reconocimiento a su extensa labor con los premios de
Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina), SADAIC
(Sociedad de Autores y Compositores de Argentina) y el título de
Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba .
Asimismo, el reconocimiento por parte de los niños, los padres y
los maestros ha sido continuo. Son innumerables los jardines de
infantes y guarderías que llevan nombres de personajes de sus
cuentos y demás está decir que la mayoría de las tortugas
argentinas lleva el nombre de Manuelita.
En medio de una atmósfera de miedo, de castigo, de moralina, de
patrioterismo escolar, de colonización cultural y
desconocimiento de la psicología infantil, irrumpió María
Elena Walsh con su ternura, su risa como agua fresca, su
inteligencia, y lo hizo para quedarse... para siempre.
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