Mendoza, tierra de sol y vino

En este número comenzaremos a visitar una de
las zonas más ricas de la Argentina: la región de Cuyo.
Allí se conjugan importantes factores de la economía nacional.
Una trilogía unida por la historia, la geografía, el clima y la
cultura: las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis.
El sol radiante es característico de Cuyo, donde las lluvias son
tan escasas que casi no llueve.
También son característicos sus vinos, cuyo bouquet les ha dado
fama mundial, y es en esta región donde la Cordillera de los
Andes tiene sus cumbres más altas.
El Aconcagua, con 6.959 m., el cerro más elevado del continente
americano, es continuamente desafiado por andinistas de todo el
mundo quienes con denodado espíritu deportivo, afrontan los
riesgos de su escalamiento.
Al pie de las altas cumbres andinas, abarcándolas, se extiende
la provincia de Mendoza.
La ciudad de Mendoza situada a
761 metros sobre el nivel del mar, capital de la provincia, fue
fundada el 2 de febrero de 1561 por el capitán Pedro del
Castillo, quien cumplió las órdenes del gobernador Gonzalo
Hurtado de Mendoza. 
El pueblo recibió el nombre de Ciudad de Mendoza, nuevo
valle de Rioja.
Pero el caserío no prosperó. El 28 de marzo de 1562, Juan
Jufré refunda la villa, y Mendoza creció hasta convertirse en
la ciudad más importante de la región precordillerana oriental
y sitio clave de las relaciones comerciales con Santiago y
Valparaíso.
Exactamente tres siglos después de esta segunda fundación, el
20 de marzo de 1861, un terremoto prácticamente borró del mapa
a la ciudad.
Un tercio de sus habitantes, que serían 12.000, pereció en los
derrumbamientos.
Sólo quedaron en pie algunas casas porque la mayoría era de
adobe. También resistieron algunas de las sólidas columnas de
dos grandes iglesias: San Agustín y San Francisco.
La ciudad no pudo ser reconstruida en el mismo lugar y su nuevo
centro, el actual, se trasladó a 25 manzanas hacia el sudoeste.
De aquella vieja Mendoza, de la ciudad donde estuvieron San
Martín y Darwin, sólo quedan los imponentes pilares de la
iglesia de San Francisco y los restos del convento construido en
1638.
La actual ciudad, con más de 600.000 habitantes, es una ciudad
grande y limpia, con calles y avenidas anchas y plazas
espaciosas.
El aire de la ciudad, mucho menos contaminado que el de
Buenos Aires, puede disfrutarse en el Parque San Martín, obra
del arquitecto paisajista francés Carlos Thays. 
Sus 419 hectáreas encierran una gran variedad botánica (más de
50.000 árboles de especies diferentes) y un magnífico trazado.
Los caminos interiores toman el nombre de los árboles que los
bordean: de los Plátanos, de los Alamos, de las Tipas, de los
Aromos, de las Palmeras, etc.
A la hermosa disposición del paisaje han de añadirse un lago
artificial para regatas, un rosedal con 700 especies, un
autódromo, un hipódromo, la Ciudad Universitaria, el Museo
Arqueológico, un estadio de fútbol, y un atractivo zoológico
donde los animales conviven libremente en un marco natural.
En suma, una pequeña ciudad dentro de la ciudad que puede
recorrerse en un simpático "mateo". Los mateos son
coches de caballos, abiertos , que permiten ver y sobre todo
respirar el aire de este pulmón vegetal de la urbe. 
A mayor altura se
encuentra el Cerro de la Gloria, donde está el Monumento al
Ejército de los Andes realizado por el escultor uruguayo Juan
Ferrari (ejército que San Martín reclutó en esta provincia
para liberar a Chile de las fuerzas realistas) y se tiene una
amplia vista de la ciudad.
Al bajar del Cerro de la Gloria, nos encontramos con el
Anfiteatro Frank Romero donde anualmente se realiza la Fiesta de
la Vendimia, fiesta en la cual aflora la historia del vino y su
contacto con el hombre.
Estos festejos, con desfiles de carrozas, espectáculos
folklóricos y hasta elección de reina de la vendimia, se
prolongan durante una semana y tienen lugar entre finales de
febrero y principios de marzo.
Una de las características de la ciudad, además del abundante
arbolado sobre sus veredas (aceras), es el sistema de zanjas o
acequias a lo largo de ellas (la ciudad cuenta con
aproximadamente 450 kilómetros de acequias), que permiten
aliviar la bajante del agua de los deshielos, así como realizar
el riego de árboles y plazas.
La Plaza de la Independencia es el vértice de la ciudad, amplio
espacio que acoge los conciertos al aire libre que amenizan los
fines de semana de los mendocinos.
La avenida San Martín es el eje de crecimiento norte-sur de la
ciudad, es una calle comercialmente muy activa que ha sido
transformada hace unos años repavimentándola, y agregándole
farolas, canteros, fuentes y flores.
Da
gusto sentarse a charlar un rato en uno de sus numerosos cafés y
confiterías.
A la noche, la cena puede trascurrir en una infinidad de
restaurantes donde se come buenos platos de pasta italiana en
todas sus versiones, las verduras sabrosas de la chacra que rodea
la urbe, la típica carne argentina o los pescados que apenas han
tardado unas horas en llegar desde los puertos del Pacífico.
En Mendoza se come bien y se bebe esplendorosamente. 
Por el camino que une la ciudad de Mendoza con Santiago de Chile,
el ómnibus (autocar) se adentra en los abruptos paisajes
andinos, por magníficos valles y pequeñas ciudades donde se
producen los preciados vinos.
Se atraviesan espacios naturales en los que abundan las aguas
termales y existen pistas de esquí excelentes como Los
Penitentes y Las Leñas.
La Cordillera de los Andes abre infinitas posibilidades de
excursiones y esparcimiento.
Para llegar a ella, partiendo de la capital de la provincia por
el camino de Uspallata, se pueden elegir dos itinerarios. El
primero es el que pasa por Villavicencio, de donde se extrae la
mayor parte del agua mineral que se bebe en todo el país.
Siguiendo la histórica senda del Ejército de los Andes, la Ruta
Nacional Nº7, penetramos en la zona precordillerana entre
sierras cubiertas de rica flora autóctona.
Este era el viejo itinerario de las travesías trasandinas, mucho
antes de que con toneladas de dinamita se abriera un paso por la
quebrada del Río Mendoza.
Primero pasó por allí el Ferrocarril Trasandino y luego un
camino asfaltado.
Desde luego, el ómnibus y las carreteras asfaltadas resultan
mucho más confortables que los medios utilizados por el
ejército del General San Martín, quien en su campaña
libertadora cruzó estos mismos parajes a lomo de burro y
caballo.
En el Gran Hotel
Villavicencio se pueden visitar las fuentes de aguas minerales,
un agradable lugar rodeado de parques y miradores.
Luego el camino va subiendo hasta Los Caracoles, llamado así por
las 365 curvas cerradas que, en breve espacio, nos permiten
trepar de los 1.800 a los 3.000 metros de altura. Hay que tener
en cuenta, si se va en coche, que Los Caracoles tiene una sola
mano, de subida por la mañana y de descenso por la tarde. La
vista de la cordillera desde Cruz del Paramillo, a 3.000 metros
de altitud en el saliente llamado El Balcón, es espléndida.
A partir de ahí la ruta comienza el descenso hacia el Valle de
Uspallata. 
En la bajada aún pueden apreciarse restos de las araucarias
fosilizadas, descriptas por Charles Darwin en 1835.
La segunda alternativa es por Potrerillos, siguiendo la Ruta
Panamericana. Esta opción nos permite conocer las residencias
veraniegas de Chacras de Coria, y tener una vista del Volcán
Tupungato de 6.800 m.
Más tarde el contraste asombroso entre las serranías ásperas y
el verde valle del Río Mendoza.
En el Cajón de Cacheuta, las aguas penetran en una profunda
garganta de granito rosa.
En esta localidad de Cacheuta en 1877, se comenzó a extraer
petróleo y se construyó un oleoducto hasta Mendoza.
En la misma época, se comenzaron a aprovechar las aguas termales
del lugar. Un gran aluvión que descendió del Glaciar Nevado del
Plomo en 1934, arrasó las lujosas instalaciones del antiguo
hotel de Cacheuta.
Arribamos luego a
Potrerillos y a su hotel desde donde se puede disfrutar de
excursiones y cabalgatas, o iniciarse en el deporte del esquí,
en las cercanas pistas de Vallecitos.
Este fue uno de los primeros centros de esquí del país. La base
está a 2.900 metros pero una de las seis pistas llega hasta los
3.350 metros.
Siguiendo la Ruta Panamericana se atraviesa una zona de cerros
volcánicos, arroyos de aguas cristalinas, túneles y abruptas
pendientes de color rojizo, hasta llegar al Valle de Uspallata.
Desde el Valle, hacia el oeste, la ruta penetra en la zona de
alta montaña.
El ferrocarril acompaña el circuito, y pequeños poblados
ferroviarios y mineros se esconden entre las quebradas por donde
bajan torrentosos en la época de deshielo, los ríos que
alimentan al Río Mendoza.
El arroyo Picheuta es atravesado por un arco de piedra de 7
metros de luz. Este puente, uno de los más antiguos del país,
es una verdadera joya arquitectónica.
Le hacen marco unos gigantes pelados de colores variados donde
resaltan el rojo, el ocre, el verde de los óxidos de hierro y de
cobre. Son el Cordón de Plata.
A 164 km. de la ciudad de Mendoza arribamos al Centro Turístico
Los Penitentes, uno de los más importantes centros de deportes
invernales de la Argentina.
Su nombre proviene de una serie de rocas de formas agudas que
semejan monjes en procesión.
Su gran altura
(las pistas están entre los 2.580 y los 3.250 metros) le brinda
condiciones óptimas para la práctica del esquí, y le asegura
la permanencia de una nieve de excelente calidad.
Cuenta con medios de elevación apropiados, una hostería,
alquiler y venta de equipos y una escuela de esquí.
El invierno es tiempo de esquí, pero el verano atrae andinistas
de todo el mundo, y la región es también propicia para
practicar el trekking (mezcla de trote y caminata por la
montaña), el rafting (bajada por los rápidos del Río Mendoza
en botes de goma), etc.
Siguiendo por la ruta internacional, a 7 km. se halla el célebre
Puente del Inca, formación natural sobre el Río Las Cuevas. 
Manantiales de aguas termales surgen del fondo de la quebrada.
Sus reacciones químicas dan variada coloración a las rocas.
Manchas anaranjadas como baldazos de pintura arrojados a la
cuenca del río, forman un paisaje surrealista que merece la pena
conocerse.
Las ruinas que se pueden recorrer no tienen nada de incaico,
aunque puedan servir para rodar una película de Indiana Jones.
Corredores inundados, cuartos llenos de vapor, paredes con
cañerías, pisos enlosados, paisaje variopinto cubierto por el
sarro rojizo de las aguas, estas son en realidad las ruinas de un
hotel termal destruido por las iras del dios de la montaña.
Un par de kilómetros más allá de Puente del Inca, se abre
hacia la derecha el Valle de los Horcones, por donde puede
avanzarse un buen trecho, con precaución, para contemplar desde
más cerca el imponente espectáculo de la pared granítica
sudeste del Aconcagua.
Aquí la imponente
presencia del monte Aconcagua, la cumbre más elevada de
América, domina el paisaje.
Su silueta inconfundible se levanta como un faro en el intrincado
mar de piedra, es el custodio permanente de tres inmensidades: el
océano, el cielo y la pampa.
Su nombre incaico "Ackon-Cahuac" significa Centinela de
Piedra.
Las intensas nevadas obligan muchas veces a cortar el tránsito
para despejar la ruta.
A veces, la capa de nieve alcanza más de 4 metros y el aire
enrarecido entorpece cualquier movimiento rápido. 
La ruta 7 culmina en la villa fronteriza de Las Cuevas, a 3.196
metros sobre el nivel del mar, sede de Gendarmería y Control de
Aduana.
Desde aquí, podemos cruzar a Chile por un moderno túnel de
3.183 metros de longitud o, por un sinuoso camino que trepa la
montaña, en el límite mismo con Chile y a más de 3.800 metros
de altura, podemos llegar al Cristo Redentor, una imagen enorme
(pesa 4 toneladas y mide 7 metros de alto) desde la que se puede
admirar toda la magnitud del Aconcagua en una panorámica
imponente.
En el próximo número seguiremos recorriendo la región de Cuyo.
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