"Gu ta gutarrak"
Los baskos (no es un error, es la ortografía
correcta) nada tenemos de racistas.
No somos una raza, sino especie. Una especie que al mezclarse con
la otra sigue dando como resultado baskos puros.
El Evangelio dice algo sobre levadura y mostaza que no recuerdo
bien, pero creo que tiene algo que ver con esto.
Me basta considerar mi propio caso, pues por la ascendencia me
corresponde solo un 50 % de basko, y cada vez que me presentan un
francés, el gabacho me pide cuentas por lo de Roncesvalles.
(Dicen que los moros nos ayudaron pero no es cierto, hicimos
solos la tarea. Y no es cierto que atacáramos a traición,
haciendo rodar peñas y provocando avalanchas. Fue de frente, y
las peñas las alzábamos en vilo, y cuando faltaban las peñas
nos despeñábamos nosotros. Bueno ellos, pero cuando un basko
habla, por su boca habla la especie entera.)
Es sabido que cuando un gobierno no nos gusta, emigramos.
En general la violencia nos desagrada, somos gente pacífica,
enemiga de matar, sobre todo si no es a mano limpia.
Generalmente los que emigramos hacemos la América. Ese ha sido
mi caso, y Jainkoa (o Jaungoikoa, el Señor que está allá
arriba) me ha castigado por haber querido ser tan rico, pues he
estado siempre solo.
Porque hay que ver que los baskos nacidos aquí son distintos.
Debe ser la abundancia de terreno llano y fértil, el basko es
montanés, por eso aquí muchos baskos han degenerado
convirtiéndose en estancieros, y después en niños bien, gente
sin las virtudes de la raza.
Si hasta juegan rugby, en lugar de practicar los deportes nobles
y tradicionales: hachar o arrancar árboles de cuajo, barrenar
piedras, y para los refinados pelota y frontón (a mano, mejor
que a cesta o a pala).
Con esto de estar solo he pensado y leído mucho sobre la especie
baska, y he sabido que somos un misterio, que nada tenemos que
ver con el resto de los habitantes de Europa, que parece que
siempre hemos vivido aquí, junto a los Montes Cantábricos, los
Pirineos y el mar.
Que algunos dicen que descendemos de los atlantes, cosa que no
creo, porque Jainkoa no destruiría un continente poblado por
baskos.
Que siempre tuvimos el mismo estómago fuerte, la misma forma de
ser y la misma lengua.
Que nuestro especial tipo de sangre ha dado mucho que cavilar.
Y que en resumidas cuentas nadie sabe nada sobre nuestro origen,
y que lo único que hay sobre esto es una leyenda, la de Aitor y
Amagoya, que llegaron a aquel lugar en tiempos muy remotos, y sus
siete hijos que fundaron las siete provincias: Zaspiak-bat.
He vuelto muchas veces a la Euskalerria, y mucho la he recorrido
aunque no he podido quedarme, pues árbol transplantado soy.
He tratado de ver cuanto se ha hallado de nuestros antepasados
prehistóricos, y muchas veces he trepado hasta la Gruta de Orio,
y mirando aquellos dibujos en sus paredes he pensado que los
baskos siempre tuvimos mucho de niños y que siempre hemos sido
los mismos.
Tengo parientes en la Euskalerria, pero no me he atrevido a
verles, pues hubo un feo lío, cuando la primera Guerra Carlista,
entre mi abuelo y el bisabuelo de ellos.
He cuidado en mi testamento de dejarles todo lo que tengo.
Quizá entre ellos haya alguno con suficiente cabeza como para
averiguar algo sobre el origen de nuestra especie.
Todo empezó cuando después de saber que el tío Isidro había
muerto en América, sin que ello me entristeciera, Jainkoa me
perdone, nunca había visto al tío Isidro; llegó la noticia de
que yo era su único heredero.
Pensé que ahora podría comprar una barca nueva y corrí a casa
de Gregoria, a pedirle que nos casáramos.
Luego supe que el dinero era más de lo que yo pensaba y le
propuse una locura: pasar nuestra luna de miel en el extranjero.
Contra lo que yo esperaba, ella aceptó.
Nos casamos en la iglesia de Guetaria y viajamos a Málaga, y
luego a Palomares.
Estábamos allí cuando chocaron los aviones y se desparramaron
las bombas de hidrógeno y tanto trabajo hubo para subir la que
había caído al fondo del mar. (La sacaron porque era el
Mediterráneo, que en el Cantábrico, otra cosa hubiera sido.)
Y unos meses después me dice el Doctor Ugarteche: -Mira Iñaki,
mejor que estés prevenido sobre el hijo que esperáis. Gregoria
y tú habéis recibido una dosis muy fuerte de radiación.
Y siguió hablando, repitiendo muchas cosas que no entendí y
preguntándome otras que son demasiado íntimas para repetirlas,
Gregoria la cabeza me partiría.
Xaviertxo (pronúnciese "Shaviercho") llegó muy bien,
sólo que tardó once meses.
Era un niño muy robusto, que a los tres meses partía una vara
de un dedo de grueso con sus manitas.
En un basko eso no llama la atención.
Pero lo que sí nos extrañó fue que a los cuatro meses hablase
el euskera mejor que cualquiera de nosotros, incluido el Padre
Lartaun.
El Doctor Ugarteche cuando le veía, solía decir cosas no muy
comprensibles, repitiendo muchas veces: "mutación
favorable".
Un día me llamó aparte y me dijo: -Mira Iñaki, ahora puedo
decírtelo. Tu mujer y tú habéis quedado afectados
genéticamente para siempre por la radiación recibida. Pero,
Jainkoarieskerrak ("gracias a Dios"), parece que ha
sido para bien.
Y agregó otras cosas sobre el deber de traer al mundo más
críos como ése. Jainkoa nos mandó seis más: Aránzazu,
Josetxo ("tx" se pronuncia como "ch" en
castellano), Plácido, Begoña, Izaskun y Malentxo. Todos,
Jainkoarieskerrak, sanos y robustos como el que más.
Y estos hablaron perfectamente euskera a los cuatro meses, y
leyeron, escribieron e hicieron cálculos a los nueve.
Cuando Xaviertxo cumplió ocho años viene Gregoria y me dice:
-Mira Iñaki, Xaviertxo quiere ser físico.
-¿Quiere fabricar bombas? Eso no es cristiano.
-No, Iñaki, dice algo así como que quiere estudiar la
estructura del continuo espacio-tiempo.
-Primero tendrá que hacer el bachillerato.
-No, Iñaki, quiere empezar ya a estudiar en la Universidad. Y
dice que tenemos que ir pensando lo mismo para Aránzazu y
Josetxo, para dentro de poco tiempo, que tendrán que ir a
estudiar electrónica a Bilbao. En cuanto a él, le apena irse al
extranjero. Pero dice que por ahora estudiará física teórica,
y para física teórica, Zaragoza.
-Pero mujer, mira que sólo tiene ocho años.
-Y qué vamos a hacerle, Iñaki, si superdotado es.
Y siendo superdotado, en Zaragoza le recibieron, y a los trece
años era doctor en física. Aránzazu y Josetxo de modo parecido
se portaron en Bilbao, y los más pequeños parecían también
inclinarse hacia la física o la ingeniería y yo recordaba
siempre el testamento del tío Isidro, donde había escrito
cuánto le agradaría que alguno de la familia estudiase el
origen de los baskos, y pensaba que mis hijos, pese a ser
superdotados, no habrían de cumplir el deseo del difunto.
Pronto Xaviertxo nos dijo que tenía que viajar a Francia,
Estados Unidos o Rusia para perfeccionar sus estudios.
El Padre Lartaun dijo que París no era lugar para un muchacho de
su edad.
-En cuanto a Estados Unidos o Rusia, países herejes son, de modo
que no sé qué decirte y por otro lado no debes cortar la
carrera del pequeño. Lo mejor, Iñaki, es que lo decida la
madre.
Por una vez Gregoria no sabía qué decidir, pero al fin tuvo una
idea brillante. Se fue a San Sebastián, y con licencia del Padre
Lartaun vio todas las películas del Festival Internacional que
allí daban.
Volvió bastante escandalizada. Y decidida a enviarle a Rusia,
diciendo: -Allí, por lo menos, mujeres ligeras de ropas no
verá.
Xaviertxo pasó cuatro años en Rusia.
Lo primero que hizo fue derrotarles al campeón mundial de
ajedrez. Los rusos enseguida le pusieron de profesor en
Akademgorodok, y los alumnos de Xaviertxo grandes cosas hicieron.
Los rusos a Xaviertxo el oro y el moro le ofrecieron con tal de
que no les dejara: querían nombrarle Académico, y Héroe de la
Unión Soviética, darle el premio Lenín y un palco, de por
vida, en el Teatro Bolshoi, pero Xaviertxo no aceptó.
-Mirad, Ama eta Gita (Madre y Padre): no soporto estar lejos de
vosotros y del Cantábrico. Además allí te dan grandes
laboratorios y muchos ayudantes, todo lo que yo quiera para poder
investigar, pero no me dejan trabajar en el problema que más me
interesa. Dicen que mis teorías contradicen la Dialéctica de
Marx y Engels y que la máquina es una contradicción en sí
misma.
-¿Qué máquina,
Xaviertxo?
-Una máquina del tiempo. Naturalmente, sólo un proyecto es.
-Pues si te dicen que no la construyas, debes construirla. El que
contradice a un euskalduna lo que hace no sabe -dijo Gregoria muy
firme, y en ese mismo momento decidió que Xaviertxo, Aránzazu y
Josetxo salieran para Estados Unidos.
Allí los tres pasaron dos años. Los yanquis, con tal de que se
quedaran, les ofrecieron grandes contratos, muchos automóviles,
ciudadanía honoraria y un rancho en Texas cuyas paredes
íntegramente pantallas de televisión eran, pero mis hijos no
aceptaron.
-Nosotros no soportamos estar lejos, Ama eta Gita, y además los
yanquis no quieren ni oír hablar de la máquina del tiempo.
Dicen que es una contradicción en sí misma y un peligro para el
"American Way of Life".
-Pues si todos dicen que no hay que construirla, debéis
construirla cuanto antes -dijo firmemente Gregoria-. Lo que
haréis será construirla aquí.
-Pero necesitaremos más gente que trabaje con nosotros, y muchos
instrumentos, y una computadora, y muchos libros.
-Eso puede hacerse -dije yo-. Nunca os dijimos cuán ricos somos,
pero el tío Isidro nos dejó una cantidad enorme de dinero,
repartida en muchos bancos de Europa.
Les dije la cantidad y ellos se santiguaron.
Aránzazu comentó: -El tío Isidro no puede haber sido todo lo
honrado que un basko debe ser.
-No debes hablar así de él, pues muerto está. Y debo deciros
que en su testamento pone que le alegraría que alguien de la
familia averigüe de donde venimos los euskaldunas, cosa que
parece nadie sabe. ¿Sirve para eso la máquina del tiempo,
Xaviertxo?
-Sirve.
-Pues entonces, a construirla.
-Pero está el problema de la gente. Habrá que traer extraños,
y necesitaremos algo así como un instituto científico.
-Pues el Instituto lo fundaremos nosotros. Y funcionará aquí,
junto al Cantábrico. Y lo dirigirás tú, y la gente que te dé
la gana traerás a trabajar contigo. Y aquí estudiarán tus
hermanos más pequeños, que no tendrán así que viajar al
extranjero, y con gente extraña tratar.
Fundamos el INSTITUTO DE INVESTIGACIONES DE LOS ORIGENES DE LOS
BASKOS en un valle cercano a Orio, bien escondido entre las
montañas y bien alejado de las carreteras, para que nadie
molestase.
Sobre unas ruinas muy viejas que allí había construimos un
bonito edificio de piedra, grande como para que en él se
albergaran y trabajaran todos los que en el proyecto de Xaviertxo
intervendrían, y le agregamos una capilla y un frontón.
Luego Xaviertxo, Aránzazu y Josetxo viajaron a Bilbao, y
empezaron a encargar material para el trabajo científico, y a
buscar gente que se les uniera en la tarea.
-Necesitamos gente muy, muy capaz, pues el problema muy difícil
es. Y muy honrada. Para que no venda la máquina a quien la use
para mal.
-Pues busca entre los baskos que sepan de estas cosas, ellos no
te traicionarán. Y para los extranjeros, impón que hablen el
euskera. El extranjero que lo aprenda muy inteligente ha de ser,
y bueno además, pues Jainkoa no dejaría aprender el euskera a
un malvado. El Demonio estuvo aquí siete años, y con nadie
entenderse pudo.
En un plazo de dos años el Instituto empezó a funcionar.
Había en él treinta físicos e ingenieros, hombres y mujeres
aparte de mis hijos. De esos treinta, quince eran baskos, y el
resto extranjeros: catalanes, gallegos, castellanos y un
argentino de sangre baska, llamado Martín Alberdi, que siempre
bromeaba y a Gregoria llamaba Dona Goya.
-Yo trabajo aquí porque ustedes me son enormemente simpáticos,
Aránzazu especialmente -decía-, pero este asunto de la máquina
del tiempo no puede tener éxito. Imagínese, Dona Goya, que con
su máquina del tiempo uno podría viajar al pasado y matar a su
abuelo. Y entonces, adiós uno, y agur máquina. ¿No ve que la
idea contiene una contradicción fundamental?
-Ninguna contradicción veo, pues a ningún basko se le
ocurriría a su abuelo matar, así que un basko la máquina puede
construir -contestaba Gregoria.
Nuestros hijos, en cambio, había veces que no estaban tan
seguros. El problema, según decían, muy difícil estaba
resultando, y los cálculos eran terriblemente complicados, pese
a contar con la computadora JAKINAISUGURRA ("hocico
inquisitivo"), íntegramente construida en Eibar.
-Es un problema que con la lógica común no podemos manejar.
Demasiadas paradojas. Otra lógica necesitamos, que aún no ha
sido construida.
Un día Xaviertxo dijo que las cosas iban demasiado mal, y que no
era cosa de hacer perder tanto tiempo a la gente, y que esto era
derrochar la herencia del tío Isidro, y que el Instituto mejor
haría en dedicarse a algo más productivo.
Su madre le regañó entonces como antes nunca lo había hecho.
-Parece que basko no fueras, pues echarte atrás quieres. ¿Has
olvidado que tu madre nació en Guetaria, lo mismo que Sebastián
Elcano?
-Barkatu Ama (perdón madre) -dijo Xaviertxo, y volvió a
escribir fórmulas.
Al fin Malentxo, la más pequeña, les dio la solución,
inventando la nueva lógica que necesitaban.
Entraron entonces en lo que ellos llamaban la ETAPA EXPERIMENTAL
PREVIA y con unos extraños aparatos algunas cosas raras hicieron
con mi boina, que a mí trucos de feria me parecieron.
Sin embargo ellos excitadísimos estaban, y decían que había
que empezar a verlo todo de una manera totalmente distinta, y el
argentino Martín Alberdi me decía que se había producido la
GRAN REVOLUCION EN LA FÍSICA, algo mucho más importante que la
Relatividad, y que la Teoría Cuántica y la Bomba Atómica, y
luego me llamó aparte, y con una cara de zozobra que en otro me
hubiera engañado me dijo:
-Don Inaki, las grandes potencias se nos van a echar encima para
arrebatarnos EL SECRETO. Y aquí no se toman medidas de
seguridad. ¿Cómo es que no hay guardias? ¿No desconfían de
nadie? ¿Han estudiado nuestros antecedentes?
-Mira Martín. Sólo a ti se te puede ocurrir hacer bromas sobre
la honradez de sus compañeros. ¿Y de dónde has sacado que no
tenemos guardias? -le señalé mis tres perros, Nere, Txuri y
Beltxa, que echados al sol estaban-. Y sabes que hay otros más,
perros y perras de buena raza, pescadores y pastores, y que a los
baskos otra clase de guardianes no nos gustan, y a ti tampoco.
Con su carácter tan distinto, Martín trabajaba muchísimo,
Xaviertxo decía que era muy, pero muy inteligente, y Aránzazu
lo miraba con buenos ojos, y todos le queríamos mucho.
Él solía decirme: -Sus hijos serán superdotados, pero yo soy
muy vivo.
Y pronto empezó a llamar Ama a mi mujer y Aita a mí, y luego,
con su habitual falta de respeto, Ama Goya y Aitor.
Después de los experimentos con mi boina, mis hijos y sus
compañeros pasaron un tiempo armando un extraño chisme
metálico, lleno de lucecitas de colores.
Muy bonito era, y los muchachos le llamaron PIMPILIMPAUSA
(Mariposa).
-Y ahora habrá que probarlo -dijo Xaviertxo, un poco
preocupado-. Alguien tiene que ir.
-Naturalmente, debes ir tú -dijo Gregoria-. Y como es natural,
toda tu familia contigo irá.
-Y nadie pudo discutir cosa tan justa.
En el día de San Sebastián el Padre Lartaun ofició misa en la
capilla del Instituto y bendijo a PIMPILIMPAUSA, a la que
Gregoria había pedido que una imagen pequeñita del Sagrado
Corazón pegaran.
Habíamos colocado a PIMPILIMPAUSA alejada del edificio, en el
centro mismo del valle.
Nos colocamos alrededor, toda la familia, incluidos los tres
perros, Txuri, Beltxa y Nere. Nuestros amigos, desde el edificio
del Instituto, cantaron para despedirnos: «Agur Jaunak, Juanak
agur, Agur t´erdi...» (Adiós señores. Señores adiós. Adiós
y medio...)
Xaviertxo apretó un botón rojo y la máquina zumbó.
Xaviertxo dijo: -Parece que no ha funcionado.
Desde el edificio volvieron a cantar: «Agur Jaunak, Jaunak agur,
Agur t´erdi...»
Y vuelta a apretar el botón rojo, y nuevo zumbido, y caras cada
vez más desoladas entre los jóvenes.
Después de probar dos o tres veces más, Xaviertxo dijo:
-Fracasamos.
Estuvimos un rato callados y luego Xaviertxo se echó la boina
hacia atrás, rascó las cabezas de los perros y con cara triste
se echó a caminar hacia las montañas.
Gregoria dijo que mejor era dejarle solo, y que al día siguiente
discutiríamos si convenía revisar a PIMPILIMPAUSA para ver por
qué habla fallado o empezar directamente a fabricar otra
máquina.
Los tres perros por esta vez no hicieron caso de lo que Gregoria
decía y detrás de Xaviertxo se marcharon.
Nadie habló cuando al Instituto regresamos. Xaviertxo no volvió
en toda la noche, y los tres perros tampoco, y en el Instituto
nadie durmió.
Amaneció, y pasaron unas dos horas desde el amanecer, y de
repente oímos en la montaña el Irrintzi (grito de júbilo o de
guerra), y oímos los ladridos de Nere, Txuri y Beltxa, y vimos
que los perros a todo correr bajaban la montaña, y detrás de
ellos, a grandes saltos, Xaviertxo, y con él otro hombre, con
traza de basko también.
Y llega Xaviertxo y dice: -Lo que ha pasado es que el radio de
acción mucho mayor que lo previsto ha sido. Me eché a caminar,
y crucé los montes, y con este pescador me encontré en la
playa. Él me vio la boina echada hacia atrás y me ofreció
ayuda para lo que necesitara. Comenzamos a charlar, y como ocurre
siempre, empezamos a hablar mal del gobierno central, y de lo
poco que respeta los Fueros. Y él me dice que lo peor son los
flamencos que se ha traído consigo Don Carlos. Y yo casi pierdo
el sentido y le pregunto la fecha. Y hoy estamos a 7 de julio de
1524. Lo que ocurre es que nos hemos venido al pasado todos, con
el Instituto, con todo lo que hay en el valle. 
-Diría que esto cosa del Diablo es, si en Euskera no hablárais.
Además, si Sebastián Elcano, el de Guetaria, dio la vuelta
entera sin caerse, habrá que pensar que cualquier cosa es
posible -dijo el pescador.
Martín, con cara preocupada, llamó aparte a Xaviertxo para
decirle: -Hermano, tené cuidado, que me parece que este tipo te
está metiendo el perro.
Fue muy difícil convencerle, pese a que cuando las pruebas en el
laboratorio había estado tan seguro, y sólo aceptó la verdad
después de ver, desde lo alto de un monte, con sus prismáticos,
dos carabelas que al puerto de San Sebastián se acercaban;
después de comprobar que la carretera de San Sebastián a
Guetaria había desaparecido y después de visitar Guetaria y no
hallar la estatua de Sebastián Elcano, pero hallar en cambio sí
a Sebastián Elcano.
-Lo que me sorprende, Doña Goya -decía después Martín en la
comilona que dimos en el Instituto, mientras se servía sardinas
asadas y sidra, es que con estas ropas baskas del siglo veinte, y
este idioma euskera que hablamos, no llamemos la atención en el
siglo dieciséis. ¿Es posible que en cuatro siglos los baskos no
hubieran cambiado nada?
-Un pueblo que no evoluciona. Grave, grave -decían los demás
extranjeros, saboreando el bacalao y las angulas al pil pil.
-¿No les decía yo? -continuaba Martín-. En las provincias
vascongadas los neolíticos son llamados nuevaoleros, y son muy
mal vistos.
Y todos reían. Muchas bromas hicieron, y mucho comimos y
bebimos, y bailamos la ezpatadantza, y aurreskos y zortzikos,
aunque tuvimos que llamar al orden a Martín, que se había unido
a nuestro grupo de txistularis (de «txistu», silbo, silbato;
quienes ejecutan música con txistu) y cada tanto el ritmo
cambiaba y tocaba cosas que de baskas nada tenían.
Y después nos reunimos para decidir qué haríamos.
-Pues saltar de nuevo atrás dijo Gregoria, pues muy lejos del
origen aún estamos.
Pasó la noche del 7 al 8 de julio de 1524, y al amanecer todos,
incluido el pescador que había dado a Xaviertxo la buena nueva,
nos preparamos para dar otro salto al pasado.
El Padre Lartaun mucha preocupación tenía. -Es que, sabéis,
nuestros antepasados mucho en convertirse tardaron. Natural es,
pues somos un pueblo terco. El próximo salto nos ha de llevar a
tierra de paganos.
PIMPILIMPAUSA funcionó de nuevo. Esta vez se hicieron muchos
cálculos y dijeron que iríamos al siglo octavo, y allí fuimos.
El valle no había cambiado, pero cuando nos movimos, ya no
estaban ni Guetaria, ni San Sebastián, ni el castillo sobre el
Monte Urgull.
Pero las barcas de pesca en el Cantábrico eran las mismas, y en
todas había perros blancos, negros o de pelo áspero, color
castaño, muy parecidos a Txuri, Beltxa y Nere.
A nadie llamábamos la atención cuando con otros baskos por los
caminos nos cruzábamos. Alguna vez nos preguntaban, en un
euskera igual al nuestro, si por ahí habíamos visto alguna
partida de godos.
Más o menos la mitad de los baskos que encontrábamos eran
cristianos.
-En cuanto a los demás decía el Padre Lartaun, dicen que la
nueva religión buena es, pero que cambiar la religión de los
padres es cosa mala. Hice mal en llamarles paganos, pues siguen
la religión natural...
-¿Y usted no les predica, Padre?
-¿Predicarles? Bueno, algo intenté, pero ya sabéis que
conseguir que un basko cambie de idea es algo muy, pero muy
difícil...
Un grupo de caminantes pasó, y a comer en su caserío fuimos
invitados. Avergonzados estábamos por no poderles decir de
dónde (de cuándo) veníamos.
Hasta el Padre Lartaun estaba de acuerdo en que la verdad
parecería cosa demasiado extraña, cosa del Diablo, o del
Basajaun (el Señor del bosque, en la mitología de la tierra
baska).
Había que mentir, diciendo que éramos baskos del otro lado de
las montañas, y a ningún basko le agrada mentir.
Aceptamos la hospitalidad, comimos y bebimos (angulas, tocino con
habichuelas rojas, queso y sidra), bailamos aurreskus, cantamos,
agradecimos y nos despedimos con el Agur.
Y otro salto dimos enseguida, muy avergonzados por haber mentido.
El Padre Lartaun estaba ahora preocupadísimo. -¿Es que no os
dais cuenta? Vamos ahora a una época en la que todavía el
Salvador no habrá venido.
Allá fuimos. Y en lo que se veía el cambio no era mucho. Casas
y pueblos eran casi todos los mismos que habíamos dejado.
Se bailaba, se cantaba y se comía lo mismo, y todos nos
entendíamos perfectamente, en un euskera sin traza de cambio
alguno.
Claro que la cruz faltaba, y el Padre Lartaun estaba siempre
preocupado. -Es que mi deber sería predicar a los paganos. ¿Y
cómo voy a predicar, si Cristo todavía no nació?
-Si no puede predicar, profetice Padre -le dijimos-.
-No habrá profecías más seguras que las suyas -le dijo,
riendo, Martín, que por otro lado estaba escandalizado de
encontrar baskos iguales a lo que los baskos siempre serían.
Nuevamente aceptamos la hospitalidad de la gente, con mucha
vergüenza por mentir acerca del lugar y el tiempo de los que
veníamos.
Comimos angulas y sardinas asadas, y tocino con habichuelas
rojas, y todos nos preguntaban si no habíamos visto a esas
gentes del Sur, que estaban cruzando las montañas con aquellos
monstruos de largas narices.
El Padre Lartaun contó algo sobre Asdrubal, Aníbal y su
familia, y todos le miraron con gran respeto.
Martín empezó a contar unos chismes sacados de un libro de esos
que no deben ser leídos, llamado «Salambó», pero Xaviertxo no
le dejó continuar, diciéndole:
-Los baskos amigos fueron, según la historia, de los
cartagineses. Alterarías la historia si los convencieras de que
los cartagineses eran, son, unos degenerados.
Y como alterar la historia es grave responsabilidad , Martín no
siguió hablando.
Volvimos a saltar al pasado, ahora mucho más atrás, y sin
embargo todo era muy parecido a lo que habíamos dejado, sólo
que había menos caseríos, y muchas gentes entraban y salían de
las cuevas de las montañas, y muchos vivían en ellas.
Ya no nos sorprendía que todos fueran tan parecidos a nosotros,
ni que nuestro idioma fuera el de ellos.
Trepamos hasta la gruta de Orio, y entramos en ella, mientras
decía Martín: -Hoy está de moda ser espeleólogo. Va a tener
que pasar una punta de miles de años para que la moda vuelva.
Luego decía, mirando aquellas pinturas: -Quizá con el próximo
salto podamos conocer al artista que decoró esta cueva.
Nos hicimos amigos de los pescadores y en sus barcas salimos al
mar, con Nere, Txuri y Beltxa, que mostraron su habilidad en la
pesca del bonito.
El Cantábrico estaba mucho más poblado, y hasta vi grandes
cachalotes cerca de la isla de Santa Clara.
Tuvimos una reunión y Xaviertxo, muy preocupado, nos advirtió:
-Debemos decidir ahora. PIMPILIMPAUSA frágil es, y un nuevo
salto la arruinará. ¿Volvemos a nuestro tiempo, o seguimos
hacia el pasado para enterarnos, en definitiva, de cuál fue
nuestro origen?
-Esto es cosa para votar, y debe ser votada -dijo Gregoria.
Y trajo habas blancas y negras y tomó mi boina . El que esté
por volver, eche una haba negra. El que esté por seguir, eche
una haba blanca. Así se hizo, y al volcar mi boina sólo habas
blancas cayeron.
Dimos el salto. Y lo dimos para no hallar traza de ser humano en
estas tierras. Entre hielo y nieve trepamos a la gruta de Orio, y
en ella no había pintura alguna.
Y PIMPILIMPAUSA no funcionó más.
De todo eso han pasado algunos años.
Desde entonces muy contentos hemos vivido. No importa el frío,
que es mucho, pues tenemos buen abrigo y trabajamos duro, y para
el alimento ahí está el Cantábrico, libre de hielo y con pesca
tan abundante.
Mis hijos y sus
amigos se lanzan al mar, a sacar peces y cazar cachalotes y
ballenas, acompañados de Nere, Txuri y Beltxa y otros muchos
perros, hijos y nietos de los tres perros pescadores.
Van en barcas iguales a las de siempre, que ellos han construido
con madera acopiada aquí antes del último salto.
Y llegan muy lejos.
Todos estamos a gusto.
Claro que nos preocupa que falte tanto tiempo para la fundación
de la Santa Madre Iglesia, sobre todo porque como el Padre
Lartaun no es obispo, no puede ordenar a nadie.
Jainkoarieskerrak, el buen cura está muy fuerte, y tendremos
para rato religión como la de nuestros padres.
Para después habrá que confiar en la providencia.
Se han formado ya algunas familias. Aránzazu y Martín se
casaron y tienen una hijita. A la niña le encanta dibujar y
constantemente lo hace sobre las paredes de la gruta de Orio,
donde vive con sus padres.
Estamos muy contentos, porque vivimos, en lo esencial, como hemos
vivido siempre.
Y muy conformes, pues PIMPILIMPAUSA cumplió su cometido y
sabemos al fin quienes dieron-dimos-daremos (lío este difícil
hasta para Jainkoa) origen a los baskos: Nosotros y los nuestros,
gu ta gutarrak.
"Gu ta gutarrak"
Cuento de Magdalena Mouján Otaño
"Aldiaren zentzunaz euskotarra naiz (Basko soy, y con sentido del humor)"
Gu ta gutarrak (en euskera, Nosotros y los
nuestros) es un relato de ciencia ficción, en castellano y en
clave de humor, escrito por la argentina Magdalena Mouján Otaño
y en el que se narra la paradójica conclusión de un viaje de un
grupo de vascos en una máquina del tiempo.
Gu ta gutarrak obtuvo el primer premio en el concurso de cuentos
de la Segunda Convención de Ciencia Ficción de la
República Argentina, en Mar del Plata, en julio de 1968.
En 1970, la revista española Nueva Dimensión, una revista de
ciencia-ficción que publicaba relatos y novelas cortas, publicó
el relato en su número 14.
A pesar de haber sido presentado éste a Depósito Previo, y de
haber sido convenientemente aprobada su distribución, pocos
días después el Tribunal de Orden Público ordenó retirar de
la circulación el número, pues consideraba que el cuento de
Mouján Otaño contravenía el artículo segundo de la Ley de
Prensa, obra del ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga
Iribarne.
Según el fiscal especial que cursó la denuncia, Gu ta gutarrak
atentaba contra la unidad de España.
Consecuentemente, tras el secuestro cautelar del número 14, se
sustituyeron las páginas del relato por varias historietas de
Johnny Hart reunidas bajo el título de Formicología, para poder
continuar con su venta.
El juicio contra Nueva Dimensión no llegó a llevarse a cabo,
pero el caso produjo gran polémica en el ambiente cultural
internacional.
Cien números después, en la edición de julio-agosto de 1979,
Nueva Dimensión publicó de nuevo el relato, como recordatorio
de estos hechos y a modo de desagravio contra su autora.
Vaya con él mi recuerdo a mis aitonas y a su peculiar humor.
Las acuarelas que acompañan este cuento son obra de Kurt Sturm
Jüngling, un alemán enamorado de nuestra Euskadi. Y por orden,
representan el caserío Aristeguieta de Igueldo, el puerto de
Donosti, el puerto de Getaria y el de Pasajes.
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