
Por su ubicación geográfica en la llanura
pampeana, el área en que se levantó la ciudad de Buenos Aires
poseía una vegetación arbórea natural de talas, espinillos,
ombúes, sauces y ceibos, más bien diseminados o formando
pequeños grupos. 
La formación boscosa más cercana es la selva que se extiende a
lo largo del litoral, en las orillas de los ríos Paraná y
Uruguay.
El gran urbanista de la ciudad fue un francés. Carlos Thays vino
a la Argentina llamado por la provincia de Córdoba en el año
1890, para realizar un gran parque.
Thays y su colega André habían realizado en París la
remodelación del Bois de Boulogne y habían proyectado una gran
plantación de árboles en las calles de la capital francesa.
Buenos Aires era en esa época una ciudad llena de pantanos y
arquitectura chata. Thays fue el hacedor de parques y lagos.
Cuando murió en 1934 había terminado el trazado de Barrio
Parque (actual Palermo Chico), había diseñado la Plaza de los
Dos Congresos , transformado la Plaza de Mayo, el entorno de la
Casa de Gobierno, parte de la Recoleta, además del enorme
trabajo que significó el diseño y realización de los Bosques
de Palermo.
En la actualidad existen aproximadamente 450.000 ejemplares de
árboles, distribuídos en plazas, parques y veredas de las
calles de la ciudad.
Del total, más del 50% son paraísos y plátanos, siendo ambas
especies exóticas.
Los siguen en cantidad el fresno americano, la acacia blanca, la
acacia negra, la tipa, el jacarandá, y en cantidades mucho
menores: el álamo, el tilo, el sauce, el ciprés, la araucaria,
el olmo, el roble, el naranjo, y muchos otros.
Cada época del año ofrece en Buenos Aires, un aspecto distinto.
En mayo los plátanos, como los de la avenida Sarmiento a la
altura del zoológico, con sus troncos veteados, visten la
ciudad, toman un tono de oro viejo que va cambiando hacia fines
de ese mes a un color cobre luminoso con unas tonalidades
mágicas que deslumbran a quien los ve, que contrastan con los
grises de los primeros días de frío, preludio del invierno y
que hacen protestar y estornudar a los asmáticos con sus bolitas
con pelusa.
El otoño es la época de los palo borrachos, con sus troncos
panzones, que alternan sus ejemplares de flores rosas o los de
flores am
arillas, semejantes a
orquídeas, a lo largo de la Avenida 9 de Julio.
Y la de los gingko biloba como el ejemplar que está en el Museo
Larreta, un regalo dorado para los ojos y el alma.
En agosto de 1945 una bomba atómica causó miles de muertos en
la ciudad japonesa de Hiroshima y destruyó todo rastro viviente
en muchos kilómetros a la redonda.
El único ser vivo que resistió la catástrofe fue un Gingko
Biloba, el árbol de la vida.
En noviembre florecen los jacarandaes con flores de color violeta
que le dan a buena parte de la ciudad una singular alfombra.
En esa época las veredas de la 9 de Julio y las de Avenida
Figueroa Alcorta se tiñen de azul.
También los disfrutamos en Barrancas de Belgrano, en la Plaza
San Martín y en la Plaza Colón.
También en noviembre florecen las amarillas acacias o aromos.
Es el momento de pasear por el barrio de Parque Patricios, o
acercarse a la Plaza Rodriguez Peña para ver colgar los racimos
de flores amarillas.
En Palermo, detrás del monumento a Domingo Faustino Sarmiento,
se encuentra un retoño del Aromo del Perdón, un árbol debajo
del cual Rosas tomaba los mates que le cebaba su hija Manuelita,
quien persuadía a su padre para que le perdonara la vida a
algún condenado a muerte, algo que generalmente lograba y por
esa razón se le llamó así al árbol.
En octubre y noviembre, los perfumados paraísos de los Bosques
de Palermo aportan su cuota de colorido con sus flores azuladas.
La tipa es un árbol sudamericano muy alto, cuya dura madera es
utilizada en ebanistería, sus flores son de color
amarillo-naranja y sus ramas dan cobijo a los gorriones de Parque
Lezama.
La calle Honduras, en el barrio de Palermo, forma una hermosa
galería verde de Tipas blancas.
Los ceibos, con
sus flores rojo sangre, presumen de ser nuestra flor nacional.
Lapachos rosados y blancos, perfumados tilos de maravillosa
sombra, antiguos y gigantescos ombúes, perfectos para plazas y
parques, con su gran longevidad, su sombra densa y abrigadora, y
sus raíces que invitan a sentarse.
Y los misteriosos gomeros, como el famoso de Recoleta, con su
enorme copa y sus raíces poderosas y sugerentes que se aferran
al suelo.
Y no hablamos aún de lugares como el Jardín Botánico, los
bosques de Palermo o el Jardín Japonés, a quienes dedicaremos
notas aparte.
Ciudad de plazas, parques y árboles floridos, Buenos Aires
estalla en rojos, amarillos, azules y naranjas en cada estación.
Pasear por sus calles y descubrir sus encantos ocultos es
verdaderamente un placer.
"¡Ombú, que fuiste casa de muñeca,
elefante, andador, armario, Meca!
Amé el aguaribay los castaños.
Me asombran, me asombraron durante años
esos impúdicos palos borrachos
con el sexo desnudo y los lapacos.
Las casuarinas que ya nadie quiere
por sucias, mi memoria las prefiere.
Y el olmo, el pino, el timbó pacará,
el ceibo, el plátano, el jacarandá.
Los quiero ahora y siempre, los quise antes.
Hay rojos, hay violetas, hay fragantes.
(...)
El naranjo, la acacia, el paraíso,
con ramos que al caer forman un friso
o bien un dulce e ilusorio cauce
de agua en el sol despótico. Y el sauce...
el de Las Rubaiyat, el de Argentina
el que me hizo olvidar que soy Silvina".
Silvina Ocampo
Los árboles de Buenos Aires
![]()