"La lámpara de Aladino"

Cuando Aladino, el héroe casquivano de Las mil
y una noches, se sintió próximo a morir, notó que, por primera
vez acaso, le brotaba del alma una amarga filosofía. Habíase
quedado en soledad. Atardecía, y una penumbra sutil invadíale
la regia alcoba, rica de toda suerte de primores. Cerca de sí,
abandonada como objeto inútil, para que nadie ardiera en la
codicia de poseerla, estaba la lámpara de las maravillas, que lo
hizo dueño de las bellezas del mundo.
Brotábale del alma una amarga filosofía. ¿De qué le había
servido, en suma, su vida extraordinaria? ¿Qué hechos
verdaderamente grandes había cumplido? ¿Cuál podía llamarse
su obra? Veíase primero en la infancia lejana, remiso a todo
buen consejo, voluntarioso y holgazán. Recordaba luego la
aventura capital de su vida: aquella su amistad con el mago
africano, aquel paseo misterioso por las afueras de la ciudad,
aquel arribo al campo solitario, aquel conjuro del hechicero ...
Veíase después de cruzar las galerías encantadas de aquel
palacio subterráneo, en busca de la lámpara maravillosa,
olvidada en la hornacina del muro. Recordaba aquel jardín de
brujería que daba flores de oro, de plata, de diamantes. Luego,
la torpeza del mago, su ira satánica, su perfidia monstruosa ...
Después la posesión de la lámpara: como, un buen día,
mientras la madre la frotaba para limpiarla de su polvo
milenario, surgió de improviso el genio protector que se le
ofrecía por esclavo. Veíase rico y poderoso en plena juventud,
dueño de todos los tesoros de la tierra, servido por el gigante
y por el gnomo dominador de toda cosa, domeñador de toda la
fuerza ... Veníale el recuerdo de su amor por la hija del rey, y
con ello sus victorias fáciles, sus hazañas sin virtud.
Pero, con eso y con más, ¿valía algo su vida? ¿Qué dio de
sí mismo para alcanzar gloria y fortuna? Un azar puso en sus
manos la lámpara del prodigio; otro azar trájole a su presencia
el genio tutelar ...
Más valía, por cierto, el pobre alfarero de su vecindad que
sólo hizo un ánfora, pero por sus propias manos, que él,
vanidoso Aladino, que todo cuanto hizo fue por maña de manos
ajenas.
Y aún más se ahondaba su tristeza al sentir que hasta esa
extraña labor fue puro fruto de su egoísmo. ¿Cuándo pensó
seriamente en el dolor humano? En vez de exigir a los genios la
tarea de caridad, les impuso mezquinos menesteres. Hizo un
palacio que mejor no hubo en el mundo, en el transcurso de una
noche. Pero no supo hacer un bien ni a lo largo de cien años.
Entretanto, sentía que la vida se le iba en el respiro. ¿Qué
haría ahora con su lámpara mágica? ¿A quién la dejaría que,
siendo lo bastante sabio, se olvidara de sí mismo para servir a
los demás? ¿Habría alguno en la tierra? Y si lo había,
¿dónde hallar otro después de ese? ... ¡
Oh qué difícil sería hacer
brotar de la tierra, por obra de los genios, la planta del bien,
o regar el árbol de la paz, o corregir la balanza de la
justicia! ...
Aladino, desengañado de sí mismo, habíase desengañado
también de los otros. No había nadie capaz del sacrificio.
Todos harían como él: servir para él el banquete, dar las
migajas a los demás. Todos harían con su hermano como el necio
que enceguece a los pájaros para que le canten mejor.
Entonces tomó la lámpara de las maravillas, realizó el conjuro
mágico, y, habiendo comparecido el genio servicial, le dijo,
mientras se le apagaba la vida:
- ¡Te he llamado, esclavo, para que cumplas mi postrera
voluntad! Tú ves que la vida me deja y que no quiero que tú me
la prolongues. Harto estoy de vivir y quiero irme en mi hora.
Este es mi mandato: llévate la lámpara para siempre. Que no
haya poder que la descubra, ni en toda la magia, fórmula que la
rescate. Llévatela para siempre, que cualquiera que sea su
dueño, hará como yo hice. Nadie será tan sabio que te diga:
"Siembra la paz entre los hombres ... Iguala las fortunas
... Suprime de raíz los árboles del mal ..." Llévate la
lámpara para siempre.
Esto oyó el genio y respondió:
-¿Y por qué más bien no me mandas que realice todo eso, en vez
de lamentarte así de los demás? ... Te estás muriendo: es el
momento de la sabiduría. Dime: "Sea la paz", y la paz
será. Dime: "Sea la caridad", y será la caridad.
Pero Aladino, en ese instante, sin tiempo de mudar el mandato,
cerraba los mortales ojos.
"La lámpara de Aladino"
Cuento de Arturo Capdevila
Arturo Capdevila fue un crítico, escritor y
poeta argentino que nació en 1889. Escribió ensayos, piezas
teatrales y obras históricas.
Su obra destaca por la gracia, soltura y sencillez de su
expresión y por el inflexible respeto hacia la tradición
lingüística española, en la que quiere reflejar la vida y los
sentimientos argentinos.
Entre sus escritos figuran: "Romancero Argentino", que
es un libro de poesías, "Córdoba de mi recuerdo", una
serie de ensayos titulados "Las vísperas de Caseros",
"Cuando el vals" y la obra de teatro "Los
lanceros".
![]()